martes, 26 de enero de 2010

Atención pastoral a las personas homosexuales

Por: Congregación para la doctrina de la Fe

El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público. Se proponen argumentaciones y se expresan posiciones no conformes con la enseñanza de la Iglesia Católica

Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales

1. El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público, incluso en ambientes católicos. En esta discusión frecuentemente se proponen argumentaciones y se expresan posiciones no conformes con la enseñanza de la Iglesia Católica, que suscitan una justa preocupación en todos aquellos que están comprometidos en el ministerio pastoral. Por consiguiente, esta Congregación ha considerado el problema tan grave y difundido, que justifica la presente Carta, dirigida a todos los Obispos de la Iglesia Católica, sobre la Atención Pastoral a las personas homosexuales.
2. En esta sede, naturalmente, no se puede afrontar un desarrollo exhaustivo de tan complejo problema; la atención se concentrará más bien en el contexto específico de la perspectiva moral católica. Esta encuentra apoyo también en seguros resultados de las ciencias humanas, las cuales, a su vez, tienen un objeto y método propio, que gozan de legítima autonomía. La posición de la moral católica está fundada sobre la razón humana iluminada por la fe y guiada conscientemente por el intento de hacer la voluntad de Dios, nuestro Padre. De este modo la Iglesia está en condición no sólo de poder aprender los descubrimientos científicos, sino también de trascender su horizonte; ella está segura que su visión más completa respeta la compleja realidad de la persona humana que, en sus dimensiones espiritual y corpórea, ha sido creada por Dios y, por la gracia, llamada a ser heredera de la vida eterna.
Sólo dentro de este contexto, por consiguiente, se puede comprender con claridad en qué sentido el fenómeno de la homosexualidad, con sus múltiples dimensiones y con sus efectos sobre la sociedad y sobre la vida eclesial, es un problema que concierne propiamente a la preocupación pastoral de la Iglesia. Por lo tanto, se requiere de sus ministros un estudio atento, un compromiso concreto y una reflexión honesta, teológicamente equilibrada.
3. En la " Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual ", del 29 de diciembre de 1975, la Congregación para la Doctrina de la Fe ya había tratado explícitamente este problema. En aquella Declaración se subrayaba el deber de tratar de comprender la condición homosexual y se observaba cómo la culpabilidad de los actos homosexuales debía ser juzgada con prudencia. Al mismo tiempo la Congregación tenía en cuenta la distinción comúnmente hecha entre condición o tendencia homosexual y actos homosexuales . Estos últimos venían descritos como actos que están privados de su finalidad esencial e indispensable, como " intrínsecamente desordenados " y que en ningún caso puede recibir aprobación. (cf. n. 8, par. 4). Sin embargo, en la discusión que siguió a la publicación de la Declaración, se propusieron unas interpretaciones excesivamente benévolas de la condición homosexual misma, hasta el punto que alguno se atrevió a definirla indiferente o, sin más, buena. Es necesario precisar, por el contrario, que la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada. Quienes se encuentran en esta condición deberían, por tanto, ser objeto de una particular solicitud pastoral, para que no lleguen a creer que la realización de tal tendencia en las relaciones homosexuales es una opción moralmente aceptable.
4. Una de las dimensiones esenciales de una auténtica atención pastoral es la identificación de las causas que han creado confusión en relación con la enseñanza de la Iglesia. Entre ellas se señala una nueva exégesis de la Sagrada Escritura, según la cual la Biblia o no tendría cosa alguna que decir sobre el problema de la homosexualidad, o incluso le daría en algún modo una tácita aprobación, o en fin ofrecería unas prescripciones morales tan condicionadas cultural e históricamente que ya no podrían ser aplicadas a la vida contemporánea. Tales opiniones, gravemente erróneas y desorientadas, requieren por consiguiente una especial vigilancia.
5. Es cierto que la literatura bíblica debe a las varias épocas en las que fue escrita gran parte de sus modelos de pensamiento y de expresión (cf. Dei Verbum, n. 12). En verdad, la Iglesia de hoy proclama el Evangelio a un mundo diferente al antiguo. Por otra parte el mundo en el que fue escrito el Nuevo Testamento estaba ya notablemente cambiado, por ejemplo, respecto a la situación en la que se escribieron o se redactaron las Sagradas Escrituras del pueblo hebreo.
Sin embargo, se debe destacar que, aun en el contexto de esta notable diversidad, existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual. Por consiguiente la doctrina de la Iglesia sobre este punto no se basa solamente en frases aisladas, de las que se puedan sacar discutibles argumentaciones teológicas, sino más bien en el sólido fundamento de un constante testimonio bíblico. La actual comunidad de fe, en ininterrumpida continuidad con las comunidades judías y cristianas dentro de las cuales fueron redactadas las antiguas Escrituras, continúa siendo alimentada por esas mismas Escrituras y por el Espíritu de verdad del cual ellas son Palabra. Asimismo es esencial reconocer que los textos sagrados no son comprendidos realmente cuando se interpretan en un modo que contradice la Tradición viva de la Iglesia. La interpretación de la Escritura, para ser correcta, debe estar en efectivo acuerdo con esta Tradición.
El Concilio Vaticano II se expresa al respecto de la siguiente manera: "Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas " (Dei Verbum, n. 10). A la luz de estas afirmaciones se traza ahora brevemente la enseñanza bíblica al respecto.
6. La teología de la creación, presente en el libro del Génesis, suministra el punto de vista fundamental para la comprensión adecuada de los problemas puestos por la homosexualidad. Dios, en su infinita sabiduría y en su amor omnipotente, llama a la existencia a toda la creación como reflejo de su bondad. Crea al hombrea a su imagen y semejanza como varón y hembra. Los seres humanos, por consiguiente, son creaturas de Dios, llamadas a reflejar, en la complementariedad de los sexos, la unidad interna del Creador. Ellos cooperan con Él en la transmisión de la vida, mediante la recíproca donación esponsal.
El capítulo tercero del Génesis muestra cómo esta verdad sobre la persona humana, en cuanto imagen de Dios, se oscureció por el pecado original. De allí se sigue inevitablemente una pérdida de la conciencia del carácter de alianza que tenía la unión de las personas humanas con Dios y entre sí. Aunque el cuerpo humano conserve aún su " significado nupcial " éste ahora se encuentra oscurecido por el pecado. Así el deterioro debido al pecado continúa desarrollándose en la historia de los hombres de Sodoma (cf. Génesis 19, 1-11). No puede haber duda acerca del juicio moral expresado allí contra las relaciones homosexuales. En el Levítico 18, 22 y 20, 13, cuando se indican las condiciones necesarias para pertenecer al pueblo elegido, el autor excluye del pueblo de Dios a quienes tienen un comportamiento homosexual.
Teniendo como telón de fondo esta legislación teocrática, San Pablo desarrolla una perspectiva escatológica, dentro de la cual propone de nuevo la misma doctrina, catalogando también a quien obra como homosexual entre aquellos que no entrarán en el reino de Dios (cf. 1 Cor 6,9). En otro pasaje de su epistolario, fundándose en las tradiciones morales de sus antepasados, pero colocándose en el nuevo contexto de la confrontación entre el Cristianismo y la sociedad pagana de su tiempo, presenta el comportamiento homosexual como un ejemplo de la ceguera en la que ha caído la humanidad. Suplantando la armonía entre el Creador y las creaturas, la grave desviación de la idolatría ha conducido a toda suerte de excesos en el campo moral. San Pablo encuentra el ejemplo más claro de esta desavenencia precisamente en las relaciones homosexuales (cf. Rom 1, 18-22). En fin, en continuidad perfecta con la enseñanza bíblica, en el catálogo de aquellos que obran en forma contraria a la sana doctrina, vienen explícitamente mencionados como pecadores aquellos que efectúan actos homosexuales (cf. 1 Tim 1, 10).
7. La Iglesia, obediente al Señor que la ha fundado y la ha enriquecido con el don de la vida sacramental, celebra en el sacramento del matrimonio el designio divino de la unión del hombre y de la mujer, unión de amor y capaz de dar vida. Sólo en la relación conyugal puede ser moralmente recto el uso de la facultad sexual. Por consiguiente, una persona que se comporta de manera homosexual obra inmoralmente.

Optar por una actividad sexual con una persona del mismo sexo equivale a anular el rico simbolismo y significado, para no hablar de fines, del designio del Creador en relación con la realidad sexual. La actividad homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida, y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en esa forma de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana. Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no se donen a sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad homosexual refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por la auto-complacencia.

Como sucede en cualquier otro desorden moral, la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios. La Iglesia, cuando rechaza las doctrinas erróneas en relación con la homosexualidad, no limita sino que más bien defiende la libertad y la dignidad de la persona, entendidas de modo realístico y auténtico.

8. La enseñanza de la Iglesia de hoy se encuentra, pues, en continuidad orgánica con la visión de la Sagrada Escritura y con la constante tradición. Aunque si el mundo de hoy desde muchos puntos de vista verdaderamente ha cambiado, la comunidad cristiana es consciente del lazo profundo y duradero que la une a las generaciones que la han precedido " en el signo de la fe ". Sin embargo, en la actualidad un número cada vez más grande de personas, aun dentro de la Iglesia, ejercen una fortísima presión para llevarla a aceptar la condición homosexual, como si no fuera desordenada, y a legitimar los actos homosexuales. Quienes dentro de la comunidad de fe incitan en esta dirección tienen a menudo estrechos vínculos con los que obran fuera de ella. Ahora bien, estos grupos externos se mueven por una visión opuesta a la verdad sobre la persona humana, que nos ha sido plenamente revelada en el misterio de Cristo. Aunque no en un modo plenamente consciente, manifiestan una ideología materialista que niega la naturaleza trascendente de la persona humana, como también la vocación sobrenatural de todo individuo. Los ministros de la Iglesia deben procurar que las personas homosexuales confiadas a su cuidado no se desvíen por estas opiniones, tan profundamente opuestas a la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo el riesgo es grande y hay muchos que tratan de crear confusión en relación con la posición de la Iglesia y de aprovechar esta confusión para sus propios fines.

9. Dentro de la Iglesia se ha formado también una tendencia, constituida por grupos de presión con diversos nombres y diversa amplitud, que intenta acreditarse como representante de todas las personas homosexuales que son católicas. Pero el hecho es que sus seguidores, generalmente, son personas que, o ignoran la enseñanza de la Iglesia, o buscan subvertirla de alguna manera. Se trata de mantener bajo el amparo del catolicismo a personas homosexuales que no tienen intención alguna de abandonar su comportamiento homosexual. Una de las tácticas utilizadas es la de afirmar, en tono de protesta, que cualquier crítica, o reserva en relación con las personas homosexuales, con su actividad y con su estilo de vida, constituye simplemente una forma de injusta discriminación. En algunas naciones se realiza, por consiguiente, un verdadero y propio tentativo de manipular a la Iglesia conquistando el apoyo de sus pastores, frecuentemente de buena fe, en el esfuerzo de cambiar las normas de la legislación civil. El fin de tal acción consiste en conformar esta legislación con la concepción propia de estos grupos de presión, para quienes la homosexualidad es, si no totalmente buena, al menos una realidad perfectamente inocua. Aunque la práctica de la homosexualidad amenace seriamente la vida y el bienestar de un gran número de personas, los partidarios de esta tendencia no desisten de sus acciones y se niegan a tomar en consideración las proporciones del riesgo allí implicado. La Iglesia no puede dejar de preocuparse de todo esto y por consiguiente mantiene firme su clara posición al respecto, que no puede ser modificada por la presión de la legislación civil o de la moda del momento. Ella se preocupa sinceramente también de muchísimas personas que no se sienten representadas por los movimientos pro-homosexuales y de aquellos que podrían estar tentados a creer en su engañosa propaganda. La Iglesia es consciente de que la opinión, según la cual la actividad homosexual sería equivalente, o por lo menos igualmente aceptable, cuanto la expresión sexual del amor conyugal, tiene una incidencia directa sobre la concepción que la sociedad tiene acerca de la naturaleza y de los derechos de la familia, poniéndolos seriamente en peligro.

10. Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas . Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por los demás, que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones. Sin embargo, la justa reacción a las injusticias cometidas contra las personas homosexuales de ningún modo puede llevar a la afirmación de la condición homosexual no sea desordenada. Cuando tal afirmación es acogida y, por consiguiente, la actividad homosexual es aceptada como buena, o también cuando se introduce una legislación civil para proteger un comportamiento al cual ninguno puede reivindicar derecho alguno, ni la Iglesia, ni la sociedad en su conjunto deberían luego sorprenderse si también ganan terreno otras opiniones y prácticas torcidas y si aumentan los comportamientos irracionales y violentos.

11. Algunos sostienen que la tendencia homosexual, en ciertos casos, no es el resultado de una elección deliberada y que la persona homosexual no tiene alternativa, sino que es forzada a comportarse de una manera homosexual. Como consecuencia se afirma que ella, no siendo verdaderamente libre, obraría sin culpa en estos casos. Al respecto es necesario volver a referirse a la sabia tradición moral de la Iglesia, la cual pone en guardia contra generalizaciones en el juicio de los casos particulares. De hecho en un caso determinado pueden haber existido en el pasado o pueden todavía subsistir circunstancias tales que reducen y hasta quitan la culpabilidad del individuo; otras circunstancias, por el contrario, pueden aumentarla. De todos modos se debe evitar la presunción infundada y humillante de que el comportamiento homosexual de las personas homosexuales esté siempre y totalmente sujeto a la coacción y por consiguiente sin culpa. En realidad también en las personas con tendencia homosexual se debe reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le confiere su particular dignidad. Como en toda conversión del mal, gracias a esta libertad, el esfuerzo humano, iluminado y sostenido por la gracia de Dios, podrá permitirles evitar la actividad homosexual.

12. ¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al Señor? Sustancialmente, estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición . Para el creyente la cruz es un sacrificio fructuoso, puesto que de esa muerte provienen la vida y la redención. Aun sí toda invitación a llevar la cruz o a entender de este modo el sufrimiento del cristiano será presumiblemente objeto de mofa por parte de alguno, se deberá recordar que ésta es la vía de la salvación para todos aquellos que son seguidores de Cristo.

Esto no es otra cosa, en realidad, que la enseñanza del apóstol San Pablo a los Gálatas, cuando dice que el Espíritu produce la vida del creyente: "amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y domino de sí " y aún más: " No podéis pertenecer a Cristo sin crucificar la carne con sus pasiones y sus deseos " (Gal 5, 22. 24). Esta invitación, sin embargo, se interpreta mal cuando se la considera solamente como un inútil esfuerzo de auto-renuncia. La cruz constituye ciertamente una renuncia de sí, pero en el abandono de la voluntad de aquel Dios que de la muerte hace brotar la vida y capacita a aquellos que ponen su confianza en Él para que puedan practicar la virtud en cambio del vicio. El Misterio Pascual se celebra verdaderamente sólo si se deja que empape el tejido de la vida cotidiana. Rechazar el sacrificio de la propia voluntad en la obediencia a la voluntad del Señor constituye de hecho poner un obstáculo a la salvación. Así como la Cruz es el centro de la manifestación del amor redentor de Dios por nosotros en Jesús, así la conformidad de la auto-renuncia de los hombres y de las mujeres homosexuales con el sacrificio del Señor constituirá para ellos una fuente de auto-donación que los salvará de una forma de vida que amenaza continuamente de destruirlos. Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamados a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento de Cristo.

13. Es evidente, además, que una clara y eficaz transmisión de la doctrina de la Iglesia a todos los fieles y a la sociedad en su conjunto depende en gran parte de la correcta enseñanza y de la fidelidad de quien ejercita el ministerio pastoral. Los Obispos tienen la responsabilidad particularmente grave de preocuparse de que sus colaboradores en el ministerio, y sobre todo los sacerdotes, estén rectamente informados y personalmente bien dispuestos para comunicar a todos la doctrina de la Iglesia en su integridad.

Es admirable la particular solicitud y la buena voluntad que demuestran muchos sacerdotes y religiosos a la atención pastoral a las personas homosexuales, y esta Congregación espera que no disminuirá. Estos celosos ministros deben tener la certeza de que están cumpliendo fielmente la voluntad del Señor cuando estimulan a la persona homosexual a conducir una vida casta y le recuerdan la dignidad incomparable que Dios ha dado también a ella.

14. Al hacer las anteriores consideraciones, esta Congregación quiere pedir a los Obispos que estén particularmente vigilantes en relación con aquellos programas que de hecho intentan ejercer una presión sobre la Iglesia para que cambie su doctrina, aunque a veces se niegue de palabra que sea así. Un estudio de las declaraciones públicas y de las actividades que promueven esos programas revela una calculada ambigüedad, a través de la cual buscan confundir a los pastores y a los fieles. Presentan a veces, por ejemplo, la enseñanza del Magisterio, pero sólo como una fuente facultativa en orden de la formación de la conciencia, sin reconocer su peculiar autoridad. Algunos grupos suelen incluso calificar como " católicas " a sus organizaciones o a las personas a quienes intentan dirigirse, pero en realidad no defienden ni promueven la enseñanza del Magisterio, por el contrario, a veces lo atacan abiertamente. Aunque sus miembros reivindiquen que quieren conformar su vida con la enseñanza de Jesús, de hecho abandonan la enseñanza de la Iglesia. Este comportamiento contradictorio de ninguna manera puede tener el apoyo de los Obispos.

15. Esta Congregación, por consiguiente, anima a los Obispos para que promuevan en sus diócesis una pastoral que, en relación con las personas homosexuales, esté plenamente de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia. Ningún programa pastoral auténtico podrá incluir organizaciones en las que se asocien entre sí personas homosexuales, sin que se establezca claramente que la actividad homosexual es inmoral. Una actitud verdaderamente pastoral comprenderá la necesidad de evitar las ocasiones próximas de pecado a las personas homosexuales .

Deben ser estimulados aquellos programas en los que se evitan estos peligros. Pero se debe dejar bien en claro que todo alejamiento de la enseñanza de la Iglesia, o el silencio acerca de ella, so pretexto de ofrecer un cuidado pastoral, no constituye una forma de auténtica atención ni de pastoral válida. Sólo lo que es verdadero puede finalmente ser también pastoral. Cuando no se tiene presente la posición de la Iglesia se impide que los hombres y las mujeres homosexuales reciban aquella atención que necesitan y a la que tienen derecho.

Un auténtico programa pastoral ayudará a las personas homosexuales en todos los niveles de su vida espiritual, mediante los sacramentos y en particular a través de la frecuente y sincera confesión sacramental, mediante la oración, el testimonio, el consejo y la atención individual . De este modo la entera comunidad cristiana puede reconocer su vocación a asistir a estos hermanos y hermanas, evitándoles ya sea la desilusión, ya sea el aislamiento.

16. De esta aproximación diversificada se pueden derivar muchas ventajas, entre las cuales es no menos importante la constatación de que una persona homosexual, como por lo demás todo ser humano, tiene una profunda exigencia de ser ayudada contemporáneamente a distintos niveles. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual. Cualquier persona que viva sobre la faz de la tierra tiene problemas y dificultades personales, pero también tiene oportunidades de crecimiento, recursos, talentos y dones propios. La Iglesia ofrece para la atención a la persona humana, el contexto de lo que hoy se siente una extrema exigencia, precisamente cuando se rechaza el que se considere la persona puramente como un " heterosexual " o a un " homosexual " y cuando subraya que todos tienen la misma identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna.

17. Ofreciendo esas clarificaciones y orientaciones pastorales a la atención de los Obispos, esta Congregación desea contribuir a sus esfuerzos en relación a asegurar que la enseñanza del Señor y de su Iglesia sobre este importante tema sea transmitida de manera íntegra a todos los fieles. A la luz de cuanto se ha expuesto hasta ahora, se invita a los Ordinarios del lugar a valorar, en el ámbito de su competencia, la necesidad de particulares intervenciones. Además, si se retiene útil, se podrá recurrir a una ulterior acción coordinada a nivel de conferencias episcopales nacionales. En particular, los Obispos deben procurar sostener con los medios a su disposición el desarrollo de formas especializadas de atención pastoral para las personas homosexuales. Esto podría incluir la colaboración de las ciencias sicológicas, sociológicas y médicas, manteniéndose siempre en plena fidelidad a la doctrina de la Iglesia.

Los Obispos, sobre todo, no dejarán de solicitar la colaboración de todos los teólogos católicos para que éstos, enseñando lo que la Iglesia enseña y profundizando con sus reflexiones el significado auténtico de la sexualidad humana y del matrimonio cristiano en el plan divino, como también de las virtudes que éste comporta, puedan ofrecer una válida ayuda en este campo específico de la actividad pastoral. Particular atención deberán tener, pues, los Obispos en la selección de los ministros encargados de esta delicada tarea, de tal modo que éstos, por su fidelidad al Magisterio y por su elevado grado de madurez espiritual y sicológica, puedan prestar una ayuda efectiva a las personas homosexuales en la consecución de su bien integral. Estos ministros deberán rechazar las opiniones teológicas que son contrarias a la enseñanza de la Iglesia y que, por tanto, no pueden servir de normas en el campo pastoral. Será conveniente además promover programas apropiados de catequesis, fundados sobre la verdad concerniente a la sexualidad humana, en su relación con la vida de la familia, tal como es enseñada por la Iglesia . Tales programas, en efecto, suministran un óptimo contexto, dentro del cual se puede tratar también la cuestión de la homosexualidad. Esta catequesis podrá ayudar asimismo a aquellas familias, en las que se encuentran personas homosexuales, a afrontar el problema que las toca tan profundamente. Se deberá retirar todo apoyo a cualquier organización que busque subvertir la enseñanza de la Iglesia, que sea ambigua respecto a ella o que la descuide completamente. Un apoyo en este sentido, o aún su apariencia, puede dar origen a graves malentendidos. Una especial atención se deberá tener en la práctica de la programación de celebraciones religiosas o en el uso de edificios pertenecientes a la Iglesia por parte de estos grupos, incluida la posibilidad de disponer de escuelas y de los institutos católicos de estudios superiores. El permiso para hacer uso de una propiedad de la Iglesia les puede parecer a algunos solamente un gesto de justicia y caridad, pero en realidad constituye una contradicción con las finalidades mismas para las cuales estas instituciones fueron fundadas y puede ser fuente de malentendidos y de escándalo.

Al evaluar eventuales proyectos legislativos, se deberá poner en primer plano el empeño por defender y promover la vida de la familia.

18. El Señor Jesús ha dicho: "Vosotros conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). La Escritura nos manda realizar la verdad en la caridad (cf. Ef 4, 15). Dios que es a la vez Verdad y Amor llama a la Iglesia a ponerse en servicio de todo hombre, mujer y niño con la solicitud pastoral del Señor misericordioso.

Con este espíritu la Congregación para la Doctrina de la Fe ha dirigido esta Carta a Ustedes, Obispos de la Iglesia, con la esperanza de que les sirva de ayuda en la atención pastoral a personas, cuyos sufrimientos pueden ser agravados por doctrinas erróneas y ser aliviados en cambio por la palabra de la verdad.El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el transcurso de la Audiencia concedida al suscrito Prefecto, ha aprobado la presente Carta acordada en la reunión ordinaria de esta Congregación y ha ordenado su publicación.

Roma, desde la sede de la Congregación para la doctrina de la fe, 1° de octubre de 1986.

Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto.

Alberto Bovone, arzobispo titular de Cesarea de Numidia, secretario

Homosexualidad y cristianismo en tensión...

La percepción de los homosexuales a
través de los documentos oficiales
de la Iglesia Católica

Por: Juan Cornejo Espejo
Profesor de Historia de la Universidad de Santiago de Chile.
Doctor en Estudios Americanos y Doctor en Ciencia Política.
Licenciado en Ciencias Sociales y Teología.
jcornejoespejo@yahoo.es



Resumen
El estudio pretende ser un análisis de las percepciones de la Iglesia Católica (aunque no
exclusivamente), contenida en sus documentos oficiales en relación a los
homosexuales. Concretamente nos proponemos revelar el proceso de condena creciente
de la que ha sido víctima este grupo humano, verificado en las últimas cuatro décadas.
Asimismo, en el estudio se muestra como el magisterio de la Iglesia lejos de flexibilizar
su postura hacia los homosexuales, dejándose interpelar por las nuevas investigaciones
de las ciencias humanas y sociales aparecido en las últimas décadas en relación al
tema, ha endurecido sus condenas, tornando el diálogo e intentos de conciliación
prácticamente en las actuales circunstancias.
Palabras-clave: Homosexualidad. Iglesia Católica. Condenas.

Introducción
El estudio que a continuación presentamos pretende ser un análisis de
las percepciones de la Iglesia Católica (aunque no exclusivamente), contenida
en sus documentos oficiales, en relación a los homosexuales. Concretamente
nos proponemos analizar el proceso de condenas del que han sido víctimas este
grupo humano, verificado en las últimas cuatro décadas, de parte del
magisterio de la Iglesia.
Igualmente queremos demostrar como el magisterio, lejos de
flexibilizar su postura hacia los homosexuales, dejándose interpelar por los
estudios en el ámbito de las ciencias humanas y sociales aparecidos en las
últimas décadas en relación al tema, ha ido crecientemente endureciendo sus
condenas, tornando el diálogo o intentos de conciliación prácticamente inviable
en las actuales circunstancias. En este sentido no es ningún secreto que de las
condenas doctrinales genéricas, se ha pasado a las amenazas de ex – comunión
no sólo de los homosexuales que se resistan a la castidad impuesta, sino
también a las advertencias y amonestaciones expresas hacia aquellos
sacerdotes y religiosos(as) que evidencien alguna simpatía o cercanía con las
reivindicaciones del movimiento L.G.B.T.T. internacional; pasando, por cierto,
por las presiones y amenazas manifiestas a todos aquellos parlamentarios que
den su voto favorable en iniciativas legales que tiendan a resguardar los
derechos humanos de esta comunidad, así como igualarlos a los
heterosexuales en el ejercicio de los derechos civiles.
Este clima de enemistad y persecución se ha hecho especialmente
notorio en los países del tercer mundo donde la Iglesia (y el cristianismo en
general) es la religión mayoritaria; como igualmente en aquellos países del
primer mundo con una larga tradición religiosa e identificación con el
catolicismo, como por ejemplo España. No obstante, ese tono amenazante y
descalificatorio no es exclusivo del catolicismo. En el contexto latinoamericano
la postura de la mayoría casi absoluta de las denominadas “iglesias
evangélicas” es igual o tanto más intransigente que el catolicismo hacia los
Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has
hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado.
¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no la hubieras llamado?
homosexuales. Igual cosa acontece con iglesias de origen norteamericano con
una fuerte presencia en la región, como son: los mormones, los testigos de
Jehová y otros.
Probablemente el sello distintivo en la forma de lidiar con el tema,
comparativamente, entre católicos y evangélicos, es que en cuanto los primeros
no expulsan a los feligreses homosexuales, a condición de que mantengan
oculta su orientación sexual y se autoimpongan la castidad; los segundos,
expulsan sin vacilación, a los que se nieguen convertirse en heterosexuales.
Por último, cabe consignar que este trabajo no pretende llegar a
conclusiones definitivas, sino ser una primera aproximación al tema de modo
de contribuir al acercamiento, flexibilización de posiciones y acogida en el seno
de la Iglesia, así como de todas las otras denominaciones cristianas, de los
homosexuales, a través del cuestionamiento, crítica y relativización de la
doctrina oficial del catolicismo respecto de la homosexualidad.
Restricciones a la sexualidad en el ámbito cristiano
Toda vez que se habla de homosexualidad en el ámbito religioso
necesariamente se ha de hacer alusión a las circunstancias y restricciones que
se impusieron a la sexualidad humana a partir de los primeros siglos del
cristianismo, en gran parte provenientes de algunas corrientes de la filosofía
griega. Influencias que terminaron por contaminar y pervertir el auténtico
espíritu evangélico de las primeras comunidades al punto de asociar, y no pocas
veces reducir, la idea de pecado a ciertas prácticas sexuales consideradas
perniciosas o un obstáculo para la salvación de las almas; en lugar de subrayar
el evento más importante cual es el advenimiento de la novedad divina en la
persona de Cristo.
A tal punto ha llegado esta obsesión, que algunos términos han sido
interpretados erróneamente, ese es el caso del concepto “carne”, que utiliza
San Pablo, por ejemplo. Lo cierto es que ese concepto no tiene nada que ver con
supuestas faltas sexuales como se ha pretendido maliciosamente, sino más
bien alude a una cuestión más profunda y significativa desde el punto de vista
teológico, cual es la “condición humana”.
En ningún otro terreno, como en el de la sexualidad, se
manifiesta la impronta de enseñanzas extrañas a la
espléndida luz del evangelio. Los restos de una mentalidad
platónica, la extrema dificultad de pensar una norma
cristiana para la sexualidad, en medio de los abusos
paganos, la influencia eventual de uno u otro autor
(Jerónimo, Agustín), de perspectivas excesivamente
marcadas por su psicología personal en materia sexual, se
juntaron a los datos evangélicos para hacerles predicar con
preferencia la virginidad o aconsejar la continencia en el
matrimonio y no invitaron a los Padres de la Iglesia a
construir una moral conyugal plenamente equilibrada
(VIDAL, 1985, p. 519).
En este contexto las únicas relaciones admitidas eran aquellas que se
inscribían en la moral conyugal, o en su lugar el celibato y/o la virginidad.
Cualquier actividad extraconyugal que no tuviese en vista la procreación
resultaba inadmisible. Esta percepción se desprende, por ejemplo, en una serie
de textos que va de San Agustín en el siglo IV d.c. a Tomás Sánchez en el siglo
XVI (VIDAL, 1985, p. 568-584). Es más, ese sistema moral se mantuvo más o
menos inalterado hasta la época inmediatamente anterior al Concilio Vaticano
II; y cuyo fundamento se enmarcaba en una sexualidad uniforme y
unívocamente heterosexual para todos, donde predominaba una interpretación
de la Sagrada Escritura y de la tradición condenatoria de la homosexualidad.
Crítica al fundamentalismo esencialista del magisterio
El magisterio de la Iglesia, así como su enseñanza doctrinal,
históricamente ha utilizado dos fragmentos de los relatos de la creación (Gn.
1,26-28; 2, 18-25) para fundamentar toda su moral sexual vinculándola
exclusivamente con la procreación y condena de la homosexualidad; al
entender la relación heterosexual como la única válida y querida por Dios.
Las otras iglesias cristianas si bien en gran parte comparten los juicios
de la Iglesia Católica, especialmente en lo relativo a la condena de la
homosexualidad, cuentan con un cuerpo doctrinal más difuso si comparado
con el catolicismo en materias de orden sexual; quedando no pocas veces,
particularmente en las corrientes menos institucionalizadas del protestantismo
latinoamericano (más conocidas como iglesias evangélicas), sujetas a las
apreciaciones subjetivas y/o personalismos de sus líderes religiosos. Las
denominadas iglesias protestantes históricas, si bien en los países del primer
mundo evidencian algún grado de aceptación, llegando a contar entre sus filas
con pastores(as) reconocidamente homosexuales y lesbianas, no ocurre lo
mismo con sus homólogas latinoamericanas, donde en el mejor de los casos
guardan un silencio cómplice de la intolerancia social, o decididamente
adhieren a las vertientes más conservadoras de sus respectivas iglesias.
En general los versículos antes citados del Génesis evidencian una
interpretación excesivamente literal y un carácter científico y antropológico
esencialista y definitivo, el cual se manifiesta, por ejemplo, en la insistencia de
algunos autores en considerar como única posibilidad legítimamente válida el
amor heterosexual; negando cualquier otra posibilidad a través de una
interpretación restrictiva de la revelación, donde Dios aparece como garante de
sus puntos de vista. En este sentido la sacralización de los juicios moralizantes
aparece como la consecuencia lógica de un fundamentalismo literalista
recurrente en materia sexual.
Lo que estos autores parecen olvidar es que la Biblia no es un libro
científico o histórico en el sentido moderno, que relata las cosas como
realmente ocurrieron, sino que es una interpretación teológica o catequética de
los hechos y acontecimientos que sus autores conocían por experiencia o
narraciones más antiguas (historia oral). En otras palabras, la Biblia es
fundamentalmente un libro de fe de un pueblo, en el caso del A.T., o de las
primeras comunidades cristianas, en el caso del N.T.; cuya pretensión no era
dar cuenta de los hechos desde un punto de vista empírico, sino apuntar al
sentido de los mismos.
En vista de lo anterior habría que preguntarse si un concepto
esencialista y metafísico de la naturaleza humana, frente al actualmente
admitido de naturaleza histórica, exige que todas sus propiedades se den de un
modo necesario e inequívoco en cada uno de sus individuos y si entre esas
propiedades, hay que incluir la de la heterosexualidad. En ese supuesto habría
que explicar por qué esa naturaleza viene contradicha tan fuertemente por la
existencia real y concreta de muchos individuos. Es más, no son pocos los que
se preguntan, siguiendo esta misma línea argumentativa y teniendo en vista el
mismo relato bíblico de la creación, ¿cómo siendo Dios esencialmente perfecto,
se pudo haber equivocado tanto con un porcentaje importante de su propia
creación?
Santo Tomás de Aquino, intentando dar una respuesta a las
interrogantes que se derivan de una sexualidad que excede los estrechos
márgenes de la heterosexualidad, sostiene que hablando del placer, existen
apetitos naturales en determinadas personas que pueden ir en contra de los
apetitos naturales de la especie en su conjunto. Esta aseveración haría
“natural”, según González (2002), la homosexualidad para aquellas personas,
con lo cual debilita, si no desmonta por completo, la teoría de la ley natural y los
argumentos exhibidos en la Carta a los Romanos por los grupos más
fundamentalistas.
A lo anterior se suma que ni aún las disciplinas que durante el siglo XIX
e inicios del siglo XX medicalizaron la homosexualidad, mediante la creación de
un sujeto (ficticio) con características específicas y fácilmente reconocibles: el
“homosexual”, hoy siguen postulando aquella idea.
Claramente, la actitud de la Iglesia frente al fenómeno podemos
calificarlo de “reduccionista” y “biologicista”. No sin razón, pese al recurso al
personalismo y otras corrientes filosóficas humanistas en sus desdoblamientos
discursivos, la ética de la sexualidad promovida por la Iglesia, aún tras cuatro
décadas de concluido el Concilio Vaticano II, puede ser calificada como una
“ética de la genitalidad”; donde lo que sigue primando, inclusive por sobre el
amor, es la procreación como valor supremo y determinante de la “eticidad” de
cualquier acto o intencionalidad humana.
Probablemente, esa postura se ha visto reforzada en los últimos años
por los escándalos sexuales acaecidos en varias latitudes en que se han visto
envueltos sacerdotes y aún obispos acusados de abusar de menores.
Ciertamente, el abuso de menores es siempre repudiable, proceda de quien
proceda, por las marcas psíquicas que deja en sus víctimas. No obstante, no se
debe confundir la pedofilia con la homosexualidad, ni querer frenar aquellos
actos de violencia de algunos religiosos con la demonización de la
homosexualidad; pues, una cosa no tiene nada que ver con la otra. No porque
se impongan mayores castigos o se refuerce el estigma hacia los homosexuales
se van a limitar aquellos delitos. En este sentido, la sanción “religiosa” a los
violadores entendida como el ocultamiento, invisibilización, o en el mejor de los
casos el traslado del inculpado a otro recinto religioso (incluidos los supuestos
tratamientos psico-religiosos), lejos de ser sano no es justo para las víctimas. El
delito debe ser siempre sancionado por la justicia civil, pues, no corresponde al
poder religioso cumplir con dicha función. Lo anterior no implica que la religión
se sustraiga del intento de “recuperación” del victimario, pero ello debe ser
hecho en el marco de la justicia y no al margen o por sobre ella.
Por otro lado, cabe preguntarse, si el mandato bíblico de “creced y
multiplicaos”, desde una perspectiva amplia e integradora, además de la
dimensión procreativa, no considera además el crecimiento y
perfeccionamiento del propio ser humano en cuanto imagen y semejanza de
Dios. Todavía más, cuando el texto sagrado dice: “varón y hembra los creo” ¿no
se estará aludiendo más a la idéntica dignidad y valor que debe existir entre el
hombre y la mujer? A este respecto téngase presente, pese al machismo propio
de la época, que el mismo Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) consideraba a la
mujer inferior al hombre en todo, menos en la procreación. De allí, que no sea
abusivo preguntarse ¿si no querría el autor del Génesis romper con esa
desigualdad, más que señalar una obviedad tan evidente como la existencia de
los dos géneros, para desacralizar las diferencias psico – fisiológicas?
Finalmente, cuando dice: “no es bueno que el hombre esté solo. Voy a
darle una ayuda adecuada”, ¿no estará hablando de la esencia indigente y
comunitaria del ser humano, y su necesidad antropológica del “otro”
(independientemente de su sexo), para su desarrollo y madurez personal, en lugar
de hablar de una simple compañera reproductora de su descendencia? Eso, al fin y
al cabo, lo necesitan casi todos los seres vivientes, y sería una pobre consideración
para la mujer, a pesar de que retóricamente se predique lo contrario.
Fundar toda la moral sexual en las características que nos aproximan
de los animales, desechando o menospreciando aquello que en cuanto
humanos nos distinguen de ellos y más nos asemejan a Dios (seres libres,
responsables y co-creadores) es simplemente inaceptable, especialmente si se
tiene en cuenta y se quiere ser fiel a la Revelación.
Sintetizando se puede concluir que las conductas homoeróticas
descritas por la Sagrada Escritura están mediadas por las circunstancias
rituales y cúlticas, es decir, culturales; no pocas veces inhumanas, donde la
violencia, la corrupción, la pedofilia, la idolatría, la prostitución sagrada… en
una palabra el desprecio de la dignidad humana son las marcas distintivas.
Ciertamente, todas esas conductas deben ser rechazadas (como efectivamente
queda de manifiesto en los textos bíblicos señalados), sean estas cometidas por
homosexuales, heterosexuales u otros, por su falta de amor y respeto al
prójimo, y no por el acto sexual en sí.
En segundo lugar, salvo Romanos 1,26, el lesbianismo es olvidado
completamente lo cual indica la deficiente base antropológica (desprecio de la
mujer, al punto que ni siquiera sus “supuestos pecados” son dignos de ser
considerados), los prejuicios y errores sobre la condición humana.
Todo ello impide hacer transposiciones literales, extrapolar o traducir
de forma poco matizada situaciones y conceptos dudosos o indeterminados a
circunstancias actuales.
Tradición: proceso de condena de la homosexualidad
Entre las influencias que marcaron decisivamente (algunas de ellas
aún vigentes), la apreciación que históricamente el cristianismo ha tenido de la
homosexualidad, tenemos:
Las ideas griegas de índole médico (Pitágoras, Aristóteles, Platón e
Hipócrates), según las cuales la actividad sexual era perniciosa para la salud, la
dificultad de su control, la pérdida de fuerza en los varones, la locura u otros
males semejantes que podía producir. Es curioso constatar que las mujeres no
se veían afectadas por tales peligros (RANKE - HEINEMAM, 1994, p. 13). Esto
produjo en la civilización greco – romana un cierto grado de prevención que se
unía a las normas morales y religiosas.
En el ámbito socio – cultural, destaca el antihelenismo exacerbado del
judaísmo, particularmente en cuestiones de orden sexual. No se debe olvidar
que uno de los mayores riesgos de asimilación cultural que vislumbraron los
judíos fue, inclusive más que la ocupación política que los helenos hicieron de
su territorio, la atracción y posterior imitación que sus clases dirigentes hicieron
de la cultura helénica a partir del siglo III a.c. Ese encantamiento, a los ojos de
los judíos más apegados a sus tradiciones, resultaba aún más peligroso que
aquel que ejercieron la cultura y religión de los pueblos vecinos. Este temor era
aún patente en dos intelectuales judíos de los primeros tiempos de la era
cristiana: Flavio Josefo y Filón de Alejandría.
A lo anterior se suman algunas disposiciones del derecho romano, que
ya desde antes del emperador Constantino, sancionaban la sodomización de un
patricio o un señor, ya sea por un esclavo u hombre de condición social inferior
(en esta sanción no estaba en cuestión los actos homogenitales en sí, sino la
subversión del orden social); el carácter patriarcal – machistas de aquellas
sociedades con el consecuente desprecio de las funciones femeninas y
marcado rechazo de la homosexualidad; la idea de que el homoerotismo es la
causa de la decadencia moral y el origen de grandes males sociales; entre otros.
Entre las ideas filosóficas griegas que pesaron negativamente sobre el
cristianismo en su relación con la homosexualidad podemos citar:
El estoicismo: filosofía que postulaba como ideal del hombre el vivir
conforme a la naturaleza (imitarla). Los exponentes de esta escuela
condenaban cualquier relación fuera del matrimonio. En este sentido las
relaciones sexuales debían tener como única finalidad la procreación,
rechazando las pasiones, los deseos y el placer. Postulaban como valor
supremo la virginidad y la vida célibe.
El gnosticismo: la gnosis representa la oposición apasionada contra la
concepción de la existencia como buena. Los gnósticos despreciaban la
materia (por considerarla endemoniada) y consecuentemente el cuerpo; la
salvación estaba en el espíritu y en el conocimiento.
El neoplatonismo: esta filosofía postulaba el dualismo cuerpo – alma,
materia – espíritu. Los primeros representaban el mal del cual había que
liberarse; de allí, su desprecio de la corporalidad y su promoción de la
abstinencia sexual, inclusive dentro del matrimonio.
Todas estas corrientes filosóficas fueron recogidas e incorporadas a la
moral cristiana por los Padres de la Iglesia, especialmente San Agustín, cuya
doctrina marcó profundamente toda la doctrina moral cristiana posterior. Como
rasgos más importantes de esta conceptualización se pueden señalar: el placer
sexual es un mal únicamente justificable por la excusa de la procreación;
incluso el acto conyugal está “permitido”, pero es considerado “escabroso” y
“no falto de inconvenientes”. Desde entonces, particularmente en el
catolicismo, el acto sexual quedó estrechamente ligado al matrimonio y a la
procreación. Una infinidad de tratados, normas, prohibiciones y preceptos han
codificado “lo permitido” y lo establecido “lo repudiable”; dejando relegado a
un segundo plano los principales mandatos de Jesús del amor, la justicia, la
pobreza, la misericordia, la acogida, etc. (GAFO, 1997, p. 196-199).
En definitiva, se trata de caer en la cuenta y de tomar
conciencia de este doble hecho: por una parte, la Iglesia fue
enormemente represiva en cuanto se refiere a la sexualidad,
a las pasiones, a los deseos, al placer y a cuanto se refiere al
cuerpo; pero por otra parte, y al mismo tiempo fue
escandalosamente permisiva en todo lo que afectaba a la
propiedad, entendida incluso como el derecho a usar y
hasta abusar de las cosas y de las personas (esclavos).
Ahora bien, la Iglesia no aprendió estas cosas de la boca de
Jesús. No están en el Evangelio. Es más, están en contra del
Evangelio. Porque mismo la represión de los instintos más
básicos que Dios ha puesto en nosotros, como la
permisividad para que los ricos hagan y deshagan a su
antojo en este mundo, ambas cosas tienen su origen y su
fuente de inspiración en filosofías y códigos legales que
nada tienen que ver con el cristianismo […].
Es evidente que, con el paso del tiempo, algunas de estas
cosas han cambiado […], de manera muy substancial, por
lo menos en sus manifestaciones externas. Concretando
más, se puede afirmar que la actitud represiva respecto a la
sexualidad sigue siendo, en buena medida, muy parecida
a lo que era en aquellos tiempos, por más que ciertas
manifestaciones externas hayan cambiado como resultado
de los cambios que se han producido en la sociedad en
general. Y la prueba está en que es uno de los temas
preferidos de la predicación de muchos sacerdotes y, como
es bien sabido, un sector de la moral en el que el magisterio
oficial de la iglesia se sigue manifestando intransigente. Y
¿qué decir de la permisividad eclesiástica en asuntos de
dinero, de negocios y de justicia social? Como es bien
sabido, la autoridad eclesiástica, desde hace más de un
siglo, ha venido elaborando una “doctrina social”, que sobre
todo en los últimos treinta años, ha alcanzado
formulaciones acertadas y fuertes […].
Todo eso es verdad. Y sin embargo, entra en juego lo que dije
antes sobre las falsas justificaciones que se utilizan para
legitimar relaciones inadmisibles entre la institución
eclesiástica y el dinero. ¿De que se trata entonces? […]
(CASTILLO, 1999, p. 456-457).
Entre las ideas filosóficas medievales, se destaca desde Santo Tomás
de Aquino la nueva categoría que tan fuertemente influirá en el pensamiento
moral cristiano posterior, cual es, la distinción “secundum – contra naturam”.
Este concepto ha sido relevante en la ética sexual al introducir el concepto
normativo “según la naturaleza” en relación con el comportamiento sexual.
Este se reducía a la pura genitalidad, lo que conducía a una “moral
biologicista”, desintegrada de la totalidad de la persona (VIDAL, 1985;
BOSWELL, 1980; VICO, 1999). Y en una antropología dualista en su forma
aristotélica “hilemorfista”, superada por las antropologías de la actualidad,
como explica Laín Entralgo, interpretando a Zubiri (LAÍN, 1999, p. 48-52).
Una moral restrictiva, basada únicamente en la relación hombre –
mujer, en vista de la procreación, ciertamente, ha descalificado históricamente
a la homosexualidad por considerarla una aberración, un pecado, nefando, un
vicio depravado, una enfermedad psíquica, relajación moral, inclinación
desordenada y otras calificaciones semejantes, que han hecho sufrir a millares
de homosexuales a lo largo de la historia la marginación, el rechazo, el odio, la
violencia e inclusive la muerte. Sin embargo, esa no es la mayor violencia que
tal sistema moral ha impuesto, probablemente, la más perversa y efectiva ha
sido aquella que ha conseguido instalar en el inconciente de las propias
víctimas. No han sido pocos los homosexuales que lejos de reconocerse
víctimas de un sistema de exclusión, se han sentido responsables de los propios
males sociales que padecen; es decir, la víctima se transforma en victimario.
Ese es, sin duda, el aspecto más siniestro y exitoso de este dispositivo
institucionalizado de violencia.
No obstante, los prejuicios sociales y situaciones negativas hacia la
homosexualidad no son causa exclusiva y directa del cristianismo, en ese
proceso han intervenido, además, causas antropológicas y culturales
profundamente arraigadas: autoritarismo, códigos machistas, miedo
inconciente del macho que se siente amenazado o traicionado frente a la
hembra dominadora, un enfermizo y patológico desarrollo sexual, desviaciones
de tipo psicológico o casos reales de vicio o depravación moral, entre otros.
Doctrina cristiana actual relativa al homoerotismo
La doctrina moral cristiana, antes reseñada, tomista, esencialista,
biologicista y basada en la ley natural, se repitió a lo largo de los siglos de forma
casi inmutable a través de los “Libros Penitenciales”, las “Sumas para
confesores” y los documentos papales.
En todo este tiempo no ha sido ajeno tampoco el silenciamiento
impuesto, donde el tema ha sido excluido de las conversaciones “decentes”. Y
cuando se ha hablado de él, se lo ha hecho en duros términos, de la forma más
execrable posible. Seguramente esta política ha respondido también al
propósito de desincentivar toda y cualquier manifestación homoerótica por
medio del temor y el escarnio público.
[…] tal silencio está encubriendo una negación inconciente
de la sexualidad, pues, el mejor modo de represión consiste
precisamente en declarar inexistente lo reprimido. Algo así
como lo que ocurre en determinados ambientes, en los que
el silencio sobre la sexualidad expresa su negación y
condena (DOMÍNGUEZ, 1995, p. 181).
El silencio, ciertamente, no hizo desaparecer el problema, sino que
impedía la facilidad de comunicación a la vez que se iba formando una
subcultura marginada, refugiada en gettos, único lugar donde algunas
personas podían desarrollar algunos trazos de libertad.
Entre los lineamientos pastorales que seguían la doctrina tradicional
sobre el asunto, hay una que podía producir imprevisibles consecuencias.
Contenida en el punto 11 del documento: “Principios para la guía de confesores
en cuestiones relativas a la homosexualidad”, publicada en 1973 por la
Conferencia Nacional de los Obispos Católicos Norteamericanos, señalaba:
Si un homosexual ha progresado bajo la dirección de un
confesor pero en el esfuerzo de desarrollar una relación
estable (amistosa presuntamente) con una persona
determinada, cayera ocasionalmente en un pecado de
impureza, debe ser absuelto y estimulado a tomar medidas
para evitar los elementos que le conducen a pecar, sin
romper la amistad que le ha ayudado a crecer como persona.
Sin embargo, si la relación ha alcanzado un estado en que no
fuera capaz de evitar acciones abiertas; debe ser advertido
para romper esa relación (COLEMAN, 1986, p. 86).
Las exhortaciones de los obispos norteamericanos de inicios de los
años 70, resultaron ser mucho más comprensivas y provistas de un auténtico
espíritu pastoral que lo que aconteció con el magisterio romano a partir de los
años 80', donde se impuso la condena y la descalificación de cualquier práctica
homoerótica; además de la imposición de la castidad como única posibilidad
de realización erótica - afectiva de los homosexuales.
Documento oficial: “Persona Humana”
En 1975 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sacó un
documento que es clave para la comprensión del tema que nos ocupa, primer
documento del magisterio eclesiástico moderno que trataba de la
homosexualidad. Documento poco claro y con algunas contradicciones, que
quedan en evidencia al intentar hacer un análisis de la orientación sexual: “[…]
irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de
constitución patológica que se tiene por incurable”.
La imprecisión y pobreza del análisis acerca de lo que es la orientación sexual,
tal vez se explique por el reciente retiro de la homosexualidad del catastro de
trastornos psiquiátricos llevada a cabo por la Sociedad Americana de
Psiquiatría (1973). No obstante, lo que resulta inexcusable es que pasada más
de tres décadas de aquel acontecimiento, la institucionalidad de la Iglesia a
través de una serie de documentos posteriores a esa fecha, siga insistiendo en
el recurso instintivista y/o patologizador; contradiciendo una serie de estudios
efectuados por varias ciencias sociales en las décadas pasadas.
Cabe consignar a este respecto que el citado documento “Persona
Humana” no acepta que la “inclinación” pueda ser natural, ni siquiera en
aquellos en que está profundamente arraigada. Más adelante agrega:
[…] indudablemente esas personas deben ser acogidas, en
la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas
en la esperanza de superar sus dificultades personales y su
inadaptación social. También su culpabilidad ha de ser
juzgada con prudencia.
En un intento por suavizar en términos bíblicos su actitud, señala:
“este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de
esta anomalía son del todo responsables de sus manifestaciones”, aunque a la
vez, se reprueba “todo método pastoral que reconozca una justificación moral
a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas” y
“los actos homosexuales no pueden recibir aprobación en ningún caso”.
Tales aseveraciones dejan al descubierto la confusa distinción que
hacía la Iglesia entre orientación y comportamiento sexual, como si la
disociación entre una y otra fuese simplemente una cuestión de voluntad;
olvidando de paso que tal distinción es fácilmente realizable en el campo
teórico, pero que guarda poca relación con la vida concreta de las personas.
Todavía más, tal distinción en nada corregía su antigua condena global de la
homosexualidad, incluso como condición involuntaria.
En otras palabras, no se puede “ser de una manera” y “actuar de otra”
sin que se vean afectados todos los otros ámbitos del ser humano. No se puede
actuar como persona plena satisfactoriamente, reprimiendo alguna dimensión
por pequeña que esta sea, particularmente cuando toca la sexualidad. Como
diría Julián Marías (1995), se vive desde esa “instalación”. Y es eso lo que,
precisamente, se le pide a un homosexual: “ser” de una manera y “actuar” de
otra; es decir, alienado, fuera de sí. Pretender aquello, además de inhumano
resulta definitivamente desquiciante.
Otro punto del documento que resulta, por decir lo menos,
sorprendente es la afirmación: “En la Sagrada Escritura, están condenados
como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia
de una repulsa de Dios”. Tal aseveración, además de alejada de la realidad si se
toman en serio los estudios exegéticos más recientes que desmienten una
supuesta condena ética radical del homoerotismo, evidencia el intento por
justificar en términos bíblicos una condena arbitraria y antojadiza, insostenible
si se la analiza a la luz de la investigación social de las últimas dos décadas.
Por lo demás, no se trata en absoluto de una repulsa de Dios a la
homosexualidad como se desprende de esa ligera y literal exégesis. Todavía
más, del propio estudio de las Cartas de San Pablo, como sostiene el teólogo
Juan Luis Segundo, parecen concluirse otras consecuencias y no las que
pretenden los artífices de la condena:
Ya se indicó que Pablo apuntaba a dejar probada una tesis:
que tanto paganos como judíos; o sea, la humanidad
entera, por encima de la dicotomía que los separaba,
estaban todos bajo el Pecado (SEGUNDO, 1995, p. 401) y
[…] no se trata en él de describir pecados, (en plural), sino
de descubrir un proceso de esclavitud en que ese personaje.
El Pecado, (en singular), se convierte en dueño del hombre
(SEGUNDO, 1995, p. 393).
Marciano Vidal, comentando este mismo documento señala:
A pesar de los detalles de signo aperturista esta Declaración
se sitúa claramente dentro de una postura globalmente
condenatoria […]. El juicio moral del comportamiento
homosexual en general y sin distinción se expresa en
términos de ética objetivista e intrinsecista […]. Esta rígida
valoración moral queda suavizada pastoralmente […]
(VIDAL, 1985, p. 659).
Un comentario análogo es el que realiza el teólogo español Antoni
Mirabet i Mullol (1985). Dicho en otros términos, todas las supuestas condenas
bíblicas a la homosexualidad deben ser relativizadas por cuanto su finalidad no
es una condena ética a la misma, sino un llamado de atención para los
condicionamientos culturales que envuelven a esos textos (CORNEJO, 2004).
Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales
Este documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe,
aparecido en 1986, pretendió en su momento clarificar algunos puntos
dudosos y/o conflictivos del documento anterior. No obstante, ese objetivo
parece no haberse cumplido, pues, lejos de esclarecer las dudas pareció
introducir otras nuevas.
El periodista norteamericano Andrew Sullivan aludiendo a esta carta
reconoce que este nuevo documento expresa de manera mucho más clara y
explícita la distinción entre condición y conducta homosexual. Asimismo,
recomienda la prudencia a la hora de juzgar la culpabilidad en los actos
homogenitales; admite que la tendencia homosexual es algo no elegido por la
persona; señala expresamente que la orientación homosexual en sí misma no
es pecado; matiza los textos del A.T. que habían sido usados para justificar las
condenas al homoerotismo; reconoce que este nuevo documento argumenta
en favor de la dignidad humana de las personas homosexuales; y califica como
infundada la afirmación de que los homosexuales, necesariamente, actúan
compulsivamente (SULLIVAN, 1995). Históricamente, es la primera vez que
se hacen tales afirmaciones de forma clara y explícita, no obstante, esos
“avances” es claro que el documento explicita y refuerza aún más su condena a
toda y cualquier relación homogenital, de una manera incluso más categórica
que el documento de 1975; situación que, ineludiblemente, nos retrotrae
nuevamente a las viejas y desgastadas argumentaciones tradicionales. Vuelve a
citar como doctrina verdadera los textos del Génesis relativos a la historia de
Sodoma y a las condenas del Levítico; ya comentadas en las páginas
precedentes. Asimismo, vuelve a reiterar los supuestos de San Agustín y Santo
Tomás en el sentido de restringir el ejercicio de la sexualidad al contexto
matrimonial, la ley natural y la finalidad procreativa.
Al referirse a la homosexualidad señala lo siguiente: “La inclinación
homosexual, aunque no sea en sí pecado, constituye una tendencia hacia un
comportamiento intrínsecamente malo, por lo que la misma debe ser
considerada objetivamente desordenada” (Párrafo 3).
Lo que resulta incomprensible de lo anterior es que considerando a la
homosexualidad cómo no siendo un pecado en sí, simultáneamente la califica
como un comportamiento objetivamente desordenado y consecuentemente
malo. La pregunta que surge de inmediato es ¿cómo una inclinación o
tendencia no siendo pecado puede ser intrínsecamente mala o desordenada?
Por de pronto, el propio lenguaje y el uso de ciertos términos para
describir la homosexualidad no son una cuestión neutra. Claramente, los
términos empleados además de la connotación semántica, denotan una cierta
valoración y representación del homoerotismo. Dicho de otro modo, el uso del
término homosexual necesariamente remite a la patologización del
homoerotismo y consecuentemente su desaprobación social.
Por otro lado, cabe preguntarse ¿cómo lo que denomina “tendencias
objetivamente desordenadas”, que “siempre” e “inevitablemente” son malas
no se equiparan al pecado? Todavía más, si los llamados pecados capitales en
cuanto conceptualizaciones son considerados pecados en potencia (que se
deben evitar para no ponerlos en acto), ¿cómo la tendencia homosexual, que al
no concretizarse en prácticas homogenitales, al igual que los pecados capitales
se mantiene en potencia, no es considerada en sí misma un pecado?
Ciertamente, los argumentos esgrimidos por la Iglesia para intentar distinguir
las tendencias de los actos, a la luz de la propia doctrina católica, termina
contradiciéndose; o en el peor de los casos siendo una forma hipócrita de
ocultar o disimular el sesgo discriminador.
Refiriéndose a la declaración “Persona Humana” esta carta dice: “[…]
se observa cómo la culpabilidad de los actos debía ser tratada con prudencia
[…]”, y afirma a reglón seguido: “actos que están privados de su finalidad
principal e indispensable, como actos intrínsecamente desordenados
en ningún caso deben recibir aprobación”.
En primer lugar, como ya hemos subrayado reiteradamente, se vuelve
a considerar la procreación como la finalidad primera e indispensable de la
relación heterosexual. Según esta apreciación, y como lo han manifestado
numerosos críticos de esta postura, dado que las parejas mayores, pasada la
edad de la procreación, o las personas estériles, ya que también les faltaría la
condición fundamental para el ejercicio de la sexualidad, igualmente, se les
debería prohibir el contacto sexual. Frente a este contrasentido la Iglesia
tradicionalmente se ha defendido diciendo que es la misma naturaleza la que
impide a estas parejas llevar a cabo el fin último, es decir, la procreación; lo
cual, sin embargo, no implicaría un cierre a la vida. Y si esto es así cabe
preguntarse entonces, si una pareja del mismo sexo forma una comunidad de
amor y hay una clara apertura a la vida, pero que en razón de la determinación
natural esa condición no se puede concretizar ¿por qué prohibirles vivir y dar
testimonio de esa comunidad de amor? Todavía más, el propio razonamiento de
la Iglesia analizado con detenimiento, más allá de las limitantes procreativas
lógicas en una pareja del mismo sexo, evidencia un prejuicio tremendamente
deshumanizador, cual es partir del supuesto que las parejas homosexuales al
verse impedidas de procrear naturalmente, necesariamente, están cerradas al
amor; es decir, como si el amor tuviese como única y exclusiva posibilidad de
prueba la procreación. Esto, ciertamente, resulta inaceptable desde todo punto
de vista, pues, basta observar cuantos hijos llegan al mundo sin que medie el
amor entre sus padres. Pero esto no es todo, este documento además de limitar
las posibilidades de despliegue del amor, supone que toda relación
homoerótica está motivada exclusivamente por el goce egoísta y desenfrenado,
tornando a los homosexuales en seres incapaces de amar.
Otro de los consejos por los que apuesta esta carta es la prudencia que
debe guiar el actuar pastoral de los ministros en relación a los homosexuales,
no obstante, sólo se puede aplicar cuando existe una posibilidad de valoración
de la rectitud o de la maldad de los actos con circunstancias modificantes, y por
tanto, puede haber algunos en que la culpabilidad del autor sea máxima o, por
el contrario, pueda ser atenuada o incluso eximida; pero no se puede aplicar
cuando los actos “en ningún caso puede recibir aprobación”. A no ser que se
admita una aprobación parcial o matizada, lo que no parece. En cuanto a la
culpabilidad de las personas, es cierto que, hay un acto malo en sí, no se puede
juzgar el grado de culpa ética del autor. Esto no es nada novedoso ni específico
de la homosexualidad; eso ocurre con todos los pecados, y es norma ética
general. Sólo Dios puede juzgar las conciencias y la culpa. ¿Por qué entonces
esa aseveración de la Iglesia? ¿puede haber casos en que no haya culpabilidad,
aunque se cometan los actos homosexuales? o ¿podría ser menos grave? Si lo
dice, pero de una manera difuminada en el punto 11, entre muchas
afirmaciones negativas, sobre el comportamiento homosexual, a lo largo de
toda la carta.
Por eso, con tanta repetición de la “intrínseca maldad”, “objetivamente
desordenada”, “ninguna aprobación”… parece que lo que se quiere es
remarcar es la maldad y gravedad de los actos homosexuales.
En suma, se puede concluir que el documento es confuso y subraya lo
negativo, con el consecuente refuerzo de los prejuicios y rechazo social y familiar
hacia los homosexuales, por parte de personas menos instruidas, predispuestas
en contra o incluso bien intencionadas. Lo que llama la atención es que en
ninguna otra supuesta falta se aplica una actitud tan negativa y condenatoria.
Respecto a este mismo punto, Vico Peinado afirma:
Creo que es cuestión de acento. Este texto acentúa el peligro.
Por mi parte trataría de acentuar la irrelevancia ética para la
persona, puesto que aunque se trata de una carencia y de
una deficiencia en sí, lo es en una vertiente premoral anterior
a la toma de decisión acerca del comportamiento e, incluso,
como condicionante del mismo. Y esto precisamente porque
en las personas con tendencia homosexual se debe
reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a la
persona humana y que es la base de la responsabilidad
ética, aunque sea condicionada, ya que pueden haber
existido en el pasado o pueden subsistir circunstancias tales
que reducen y hasta quitan la culpabilidad del individuo;
otras circunstancias, por el contrario, pueden aumentarlo
(VICO, 1999, p. 479-480).
El documento, en varias oportunidades, habla de una supuesta
intención de grupos homosexuales de subvertir la enseñanza moral de la Iglesia.
1 En verdad, lo único que pretenden esos grupos de homosexuales católicos es
1Cabe recordar que en el mundo existen básicamente tres tipos de organizaciones religiosas L.G.B.T.T. Aquellas
agrupaciones cuyos miembros adhieren a una fe específica y se sienten identificados con una Iglesia en
particular, como es por ejemplo, probablemente la más conocida organización gay católica estadounidense:
“Dignity”; o la agrupación gay mormona “Afirmación” (con filiales no sólo en Estados Unidos sino en varios países
latinoamericanos). No obstante, la confesionalidad de los miembros de estas organizaciones, cabe consignar que
en la mayoría de ellas, no son reconocidas por sus respectivas iglesias institucionales.
La segunda modalidad son personas L.G.B.T.T. que han dado origen a una iglesia particular (de corte ecuménica),
como es por ejemplo, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM), cuya sede central se encuentra, igualmente
en Estados Unidos, con filiales en varios países latinoamericanos; o la Iglesia Contemporánea, resultado de un
desmembramiento de la ICM brasileña.
Finalmente, personas, fundamentalmente laicos, L.G.B.T.T. que han creado organizaciones ecuménicas e
interreligiosas, autónomas, sin vinculaciones ni lazos de compromiso con ninguna denominación religiosa
específica, como es por ejemplo, el caso de CEGAL en Chile.
establecer el dialogo con las autoridades religiosas; cuestión que se ha tornado
más difícil en la medida que la propia jerarquía de la Iglesia ha ido cerrando, con
sus gestos y documentos, los posibles puntos de encuentro y conciliación. Es
más, esta negativa al diálogo ha sido una práctica no exclusiva del catolicismo,
sino también de otras iglesias; buen ejemplo de ello es la Iglesia de Jesucristo de
los Santos de los Últimos Días, más conocida como iglesia mormona.
La intención de las organizaciones L.G.B.T.T. que han insistido en
buscar el diálogo es que se llegue a verdades más completas y universales, de
modo de construir un paradigma moral más integrador de la persona humana,
que no haga distinciones odiosas y discriminatorias entre homosexuales y
heterosexuales. A su vez el rechazo hacia las organizaciones católicas (como
ocurre con otras organizaciones L.G.B.T.T. de otras iglesias) por parte de la
jerarquía devela el miedo y el temor que suscitan las discrepancias internas. En
verdad se teme a la crítica o reivindicaciones que no buscan otra cosa sino
buscar y proponer soluciones más humanas a situaciones dudosas.
Una de las razones por la cuales existen ese tipo de agrupaciones, es
porque los homosexuales se sienten rechazados, insultados y marginalizados
de sus comunidades religiosas de origen. Tampoco se sienten, pese a las
exhortaciones o retórica discursiva, acogidos por las instancias oficiales de la
Iglesia. Necesitan espacios y ambientes en los cuales puedan compartir sus
experiencias, vivir su fe sin necesidad de esconder o disimular su identidad; en
definitiva ser ellos mismos sin mutilaciones o castraciones personales de un
alto costo emocional. Además, aquellas organizaciones les permiten aunar sus
voces, fuerzas, capacidades y voluntades para oponerse a las condenas
arbitrarias, negativas al diálogo y contrastes de opinión. En otras palabras,
constituirse en agrupaciones “empoderadas” de su propia fe que presionan por
ocupar los espacios que legítimamente les corresponden en sus propias iglesias
o denominaciones religiosas.
Otro de los puntos que recomienda el documento es la castidad; pero la
hace igualándola a la de los heterosexuales. A este respecto es preciso subrayar
que una persona homosexual busca relacionarse con otra persona de su mismo
sexo, no exclusivamente en vista del sexo, como parece sugerir el citado
documento, sino también, al igual que lo hace el heterosexual, en vista de
compañía, de establecer un vínculo afectivo o una comunidad de amor. En
definitiva, va en búsqueda de lo mismo que cualquier otra persona en sus
mismas condiciones: cariño, intimidad, ternura, compañerismo, complicidad,
entrega, apoyo… Siendo esto así, cabe preguntarse ¿es sexo todo esto? Y si bien
en una relación de esta naturaleza entre dos personas pudiese surgir la
atracción mutua que conduce al abrazo, a la caricia o al acto sexual, ello no
tendría nada de diferente con lo que ocurre entre heterosexuales.
Lo realmente problemático en todo esto es el verdadero infierno que
viven muchas personas homosexuales que al vivenciar tales emociones se
autoculpan de ello; llegando inclusive al autoflagelamiento psíco - emocional
por considerar que tales sentimientos son pecado o un estigma. No son pocos
tampoco los que habiendo internalizado los distintos discursos homofóbicos
presentes en la sociedad, particularmente religiosas, en una actitud alienante e
irresponsable ante la no asumición de la propia orientación sexual, se expongan
a conductas de riesgo con la consecuente probabilidad de contraer, en el mejor
de los casos una infección de transmisión sexual, o peor aún el VIH/Sida;
teniendo que vivir una sexualidad culposa que sólo se expresa a escondidas o
en secreto, sin tener la posibilidad de compartir y clarificar dudas o problemas
con nadie, ni liberar sus tensiones de manera sana con otras personas. Todas,
situaciones que le imposibilitan o dificultan enormemente cualquier desarrollo
y maduración sexual y afectiva integral y armoniosa.
El celibato impuesto (aunque no reconocido en esos términos por la
jerarquía de la Iglesia), además de distorsionar el verdadero significado de esa
auténtica vocación, pues, el celibato no puede ser nunca considerado un
castigo como termina siendo desde una óptica impositiva, sino una gracia que
Dios concede gratuitamente a quien él estima conveniente, incide en que
muchas personas homosexuales, en razón de los sentimientos de culpa
internalizados, no consigan vivenciar la amistad, los afectos o los deseos de una
forma liberadora. De allí, lo relevante que resulta no juzgar desde abstracciones
desencarnadas como si la sexualidad no tuviese nada que ver con personas
reales de carne y hueso.
En suma, tanto homosexuales como heterosexuales, además de estar
llamados a la santidad, están llamados a desarrollar sus emociones, afectos,
deseos y sexualidades de forma sana, de modo que no vean en el otro un objeto
de uso, ni tampoco cercenen su propia realización personal en esos planos.
Carta de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: “Algunas
consideraciones concernientes a las propuestas legislativas de nodiscriminación
de los homosexuales”
Este documento aparecido en 1992, dado los términos en que fue
redactado, terminó haciendo mucho daño en los Estados Unidos. No fueron
pocos los miembros de comunidades católicas L.G.B.T.T, escritores cristianos
sensibles a estas temáticas u otros que sintieron profundo dolor, amargura y
desesperanza ante la falta de respeto e incomprensión de las autoridades
eclesiásticas. Remitido por el portavoz de la Santa Sede, el español Joaquín
Navarro Valls, el documento se gestó a partir de la interpretación que algunos
obispos norteamericanos hicieron de otro documento aparecido en 1986
(“Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales”),
el cual abrió ciertas esperanzas. A ello se sumó la disposición de algunas
autoridades civiles del país del norte en el sentido de legislar para suprimir
algunas discriminaciones sobre todo en lo referido a temas como empleo,
alojamiento, alistamiento militar, entre otros. Proyectos que contaban con la
simpatía y apoyo de un número importante de católicos y no católicos; así como
por un número no despreciable de obispos. Esto provoco la reacción, no muy
caritativa por cierto, del Vaticano.
Luego de reiterar la misma doctrina de siempre (aunque distingue la
diferencia entre condición y actos homosexuales), hay algunos párrafos que
realmente sorprenden, especialmente por provenir de una institución que tiene
(o debería tener) como fundamento el amor, la fraternidad, la misericordia y la
compasión. El punto 5, extraído literalmente de la carta de 1986 señala lo
siguiente: “Existe en determinados países, un esfuerzo por manipular a la
Iglesia para conseguir el, a veces, bienintencionado apoyo de sus pastores
con objeto de cambiar los estatus y las leyes civiles […]”.
Podría caer dentro de esta consideración la aprobación del matrimonio
entre personas del mismo sexo aprobado el año 2005 en España: “[…] incluso
cuando la práctica de la homosexualidad daña seriamente las vidas y el
bienestar de muchas personas, sus abogados permanecen incansables,
despreciando la magnitud del riesgo”.
En este respecto cabe recordar que la crítica va dirigida hacia los
defensores de los derechos civiles, particularmente aquellos que se ocupaban
de los derechos de las personas que viven con el virus. En el punto 7 del mismo
documento señala:
[…] la justa reacción a las injusticias cometidas contra las
personas homosexuales de ningún modo puede llevar a la
afirmación de que la condición homosexual no sea
desordenada. Cuando tal afirmación es acogida y, por
consiguiente, la actividad homosexual es aceptada como
buena, lo mismo que cuando se introduce una legislación
civil para proteger un comportamiento para el cual ninguno
puede reivindicar ningún derecho, ni la Iglesia, ni la
sociedad en su conjunto deberían luego sorprenderse si
también ganan terreno otras opiniones o prácticas torcidas
y si aumentan los comportamientos irracionales y violentos.
Pareciera ser que aquí se busca una justificación para conductas o
actitudes violentas, agresivas contra los homosexuales, presentándolas como
comprensibles respuesta a legislaciones “permisivas” para con ellos. Luego
agrega en el punto 11: “Existen áreas en las que no es injusticia la
discriminación teniendo en cuenta la orientación sexual, por ejemplo, la
adopción o tutela de niños, en puesto de profesor o entrenador deportivo, o en
alistamiento en el ejército”.
Claramente estas aseveraciones de parte de la institucionalidad de la
Iglesia recomiendan la discriminación activa; peor aún, siguen reproduciendo
aquella asociación perversa entre pedofilia y homosexualidad que tanto daño
han hecho a innumerables personas que han debido cargar con el estigma. Es
más, muchos detractores de la Iglesia al leer esta afirmación, desprovista de
todo sentido crítico y caridad, argumentarían que la institucionalidad de la
Iglesia, dado los escándalos sexuales acaecidos en el último tiempo, en que se
han visto envuelto sacerdotes y obispos en todo el mundo no son la voz más
calificada para referirse al tema; no sólo porque en sus propias filas se
encuentran potenciales pedófilos, varios de ellos ya condenados por los
tribunales de justicia, sino por la actitud de encubrimiento en que ha incurrido
sistemáticamente la jerarquía al intentar ocultar tales situaciones a través de
los traslados de parroquias de los inculpados para escapar a la mano de la
justicia, las pseudos terapias “psico- espirituales” de recuperación de los
mismos, o abiertamente el intento de silenciamiento de las víctimas. Toda vez
que se ha hecho esto se ha violentado por segunda vez a víctimas inocentes que
en lugar de recibir justicia y reparación, han recibido desprecio y omisión.
No obstante, si hemos de ser justos hemos de reconocer que en parte
esa política de encubrimiento ha ido dando paso a una política que busca
trasparentar tales hechos, ya sea por la presión pública ejercida a través de los
medios de comunicación social, ya sea por la propia repulsión que han causado
en una cierta facción del propio clero hechos tan deleznables. En varios países
se ha optado, sin obviar el valor indudable del perdón cristiano y la necesidad
de un tratamiento efectivo de los inculpados, dejar que la justicia actúe a través
de los tribunales correspondientes. Sin duda, ese doloroso aprendizaje para la
institucionalidad de la Iglesia no ha estado libre de costos y descrédito de su
propia feligresía, que ha visto como la voz de aquellos inocentes clama al cielo
por justicia.
Al referirnos a este punto, así como a varios otros en los que se subraya
abierta o veladamente la condena y consecuente discriminación hacia los
homosexuales hacemos la distinción entre la institucionalidad de la Iglesia,
entendida ésta como su jerarquía, responsable de los documentos que hemos
venido analizando, y el pueblo fiel y un segmento no despreciable de religiosos(as)
que lejos de adherir a esa política de condena sienten vergüenza de la actitud de
sus jerarcas. En este sentido no se debe olvidar que la Iglesia, entendida como la
comunidad de fe seguidora de Jesucristo, no se agota ni se identifica
exclusivamente con la jerarquía de la Iglesia Católica o de cualquier otra iglesia
cristiana particular, cuyas marcas distintivas son la arrogancia y el menosprecio
de los tenidos como “impuros”. Jesucristo, lejos de despreciar a aquellos, los tomo
como paradigma de su predicación del Reino: “En verdad los publicanos y las
prostitutas entrarán antes que Uds. en el Reino de los cielos” (Mt. 21, 31).
Dicho en otros términos, la Iglesia es una realidad que sobrepasa los
estrechos márgenes de cualquier institucionalidad. Todavía más, no son las
iglesias particulares o denominaciones religiosas específicas (recurriendo a la
terminología de las vertientes protestantes) las que salvan, sino Jesucristo.
Retomando el punto 11 en el que se promueve la discriminación activa
hemos de concluir diciendo que ella esconde otro supuesto erróneo, bastante
difundido en el inconciente colectivo, como es que la heterosexualidad es
garantía de “normalidad” y “rectitud”, y que, por el contrario, la
homosexualidad es sinónimo de “anormalidad”, “enfermedad” o “desvío”. Tal
suposición, además de falsa, esconde una seguridad ingenua, que puede llegar
a ser bastante perniciosa a la hora de tomar los debidos resguardos con el
cuidado y educación de los menores. Ni la homosexualidad, ni la
heterosexualidad (o cualquier otra identidad), en cuanto indicadores
simplemente de preferencias sexuales, no revelan trazos de personalidad
psicopáticos o comportamiento desviados. Dicho en otros términos, la
orientación sexual de una persona o su identidad no son garantía de nada y, por
tanto, no nos revelan si ella es buena, equilibrada o recta; son otros elementos
los que se deben tener en cuenta al momento de evaluar esos aspectos. Es en
vista de ello que la afirmación de la institucionalidad de la Iglesia, además de
desinformada, resulta a lo menos ofensiva.
En el punto 14 del mismo documento se señala:
La orientación sexual de una persona, no es comparable a la
raza, sexo, edad, etc. […]. Como la orientación sexual de un
individuo no es generalmente conocida por otras personas,
si no es dada a conocer por él mismo, o no lo exhibiese en
abierta conducta. Como regla general, personas
homosexuales orientadas que buscan llevar vidas castas, no
exponen su orientación públicamente. Por ello el problema
de discriminación en casos de empleo, alojamiento, etc., no
surge, generalmente.
Realmente estas aseveraciones no dejan de sorprender, no sólo porque
ellas promueven en los homosexuales actitudes tales como: el disimulo, el
silencio o la hipocresía; sino también porque reafirman aquella percepción de
que la homosexualidad es una patología o un desvío tan oprobioso que es
necesario ocultar por todos los medios. A este respecto nos parece interesante
citar un texto de Didier Eribon (2001) que de algún modo intenta esclarecer la
permanente tensión a que se ven expuestos los sujetos homoeróticamente
inclinados entre “salir del closet” o permanecer en él.
En una sociedad marcada por la matriz patriarcal – machista, el
homosexual parece estar siempre expuesto a los dictados del heterosexismo
dominante. Si decide “asumirse” se expone al comentario irónico o
condescendiente, y no pocas veces al desaire. Si por el contrario, decide
permanecer en las sombras y ocultarse se coloca en una situación falsa,
precisando mantener un doble estándar desquiciante. Al primero se le lee la
cartilla, de modo que no exceda los apretados márgenes de una supuesta
liberalidad. Del segundo, se burlan y es objeto de toda suerte de comentarios
maliciosos. Sea como sea, la asimetría permanece intacta, pues, el
heterosexual parece tener siempre un privilegio respecto del homosexual. Es él
quien decide la actitud a adoptar y el sentido que dará a los gestos y palabras de
éstos últimos. Tiene siempre un punto de vista sobre lo que deberían hacer o
no hacer los homosexuales, ser o no ser, decir o no decir. Siempre tienen una
explicación que dar (psicológica o psicoanalítica, la mayoría de las veces) y no
tardan en barrer con desprecio o condescendencia todo lo que el homosexual
pueda decir de sí mismo (ERIBON, 2001).
Siguiendo el razonamiento del documento cabría preguntarse: ¿un
judío debería, idénticamente, ocultar su origen para no ser atacado por grupos
neonazis? A nuestro entender no, pues, no hay razones lógicas en términos de
respeto a la dignidad humana ni a la legítima diversidad entre las personas y
grupos que justifiquen tal sugerencia.
Igualmente, se rechaza que los homosexuales se agrupen o reúnan en
asociaciones donde puedan mostrarse tal cual son; lugares donde, además de
acogidos, no sean considerados en el mejor de los casos objeto de lástima y/o
“comprensión” paternalista, lugares donde no necesiten ocultar una parte
fundamental de su propia identidad.
No podemos dejar de recordar, a la luz de los antecedentes
presentados y considerando que este texto pretende entre otras cosa ser una
reflexión religiosa en torno a la homosexualidad, que el judaísmo clásico, al
igual como ocurre con los homosexuales hoy en día, invocaba razones de salud
y peligrosidad para legitimar la marginación de que eran objeto los leprosos. En
este sentido no dejan de ser curiosas las analogías, pese a la distancia de
tiempo y contexto, que se pueden establecer entre ambos grupos humanos.
No sin razón, y ello es especialmente válido para las personas que en
los primeros años de irrupción de la pandemia adquirieron el virus del VIH/Sida,
los cuales fueron considerados por parte de innumerables grupos religiosos
como los auténticos leprosos del siglo XX. Leprosos que en la lógica de estos
grupos integristas / fundamentalistas eran justos merecedores de los castigos
divinos en razón de su orientación sexual y consecuentemente desvíos
sexuales. La lógica subyacente a toda esta línea de condena puede ser
sintetizada en la trilogía: homosexualidad, pecado, enfermedad (entendiendo
por ésta última VIH/Sida).
En suma se puede decir que el tono de la carta, que tiene pretensiones
de ser una palabra de acogida, tolerancia y compasión para con los
homosexuales dista mucho de ello. Las airadas respuestas que suscitó este
documento en muchos sectores de fieles católicos, religiosos(as) y aún obispos
norteamericanos, que se atrevieron a manifestar públicamente su desacuerdo
con la postura vaticana están recopiladas y publicadas en el libro de Jeannine
Grammick y Robert Nugent (1995): Voices of Hope, a collection of positive
Catholic writings on Gay and Lesbian issues.
Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica
El último documento oficial importante, aparecido en 1992, de amplia
repercusión entre los fieles y la jerarquía eclesiástica fue el Nuevo Catecismo de
la Iglesia Católica. A este respecto nos parece interesante transcribir el
comentario de Carlos Domínguez Morano: Sexualidad e Institución. Hacia una
nueva moral sexual:
Por una parte, nos encontramos, como dato significativo
(aunque hay que reconocer; nada novedoso) con que las
páginas dedicadas al sexto mandamiento superan las
dedicadas a cualquier otros de los restantes. Todo ello sin
contar las consagradas al noveno mandamiento, tan
cuestionablemente reducido, por otra parte, a la problemática
sexual. En principio, el nuevo Catecismo reconoce la
amplitud que posee la sexualidad humana, más allá del
ámbito de lo corporal y lo genital. 'Abraza todos los aspectos
de la persona humana' – nos dice - concerniendo a la
afectividad, la capacidad de amar, procrear y, de manera más
general, de establecer vínculos de comunión con el otro
(núm. 2332). No se dice nada, sin embrago de que concierna
también al placer […] (DOMÍNGUEZ MORANO, 1995).
Sin embargo, tras ese encomiable inicio en una consideración amplia,
abierta y positiva de la sexualidad, nos vemos, de inmediato con un discurso
que manifiesta, rimariamente, actitud de censura, de recelo y de temor, que
viene a conducir de inmediato al control y a la coerción. Los términos 'dominio',
'control', 'ascesis', 'obediencia', esfuerzo', 'tarea', etc. se multiplican por el texto
(especialmente entre los números 2338 a 2345).
Esto sucede así, hasta el punto de que realmente puede
resultar un tanto difícil, seguir considerando la sexualidad
como un 'don de Dios', tal como se afirma en el texto (si
bien, un tanto de pasada en el núm. 2345) para pensar más
que se trata, más bien, de una amenaza permanente, de
una bomba de relojería, que hay que controlar y vigilar de
continuo. En definitiva, un 'don de Dios', que resulta
bastante peligroso y que obliga a mantenerse en una
actitud permanente de vigilia para evitar las amenazas que
comporta. No parece, a través del texto que analizamos,
que se trate de canalizar enriquecedoramente ese potencial
de encuentro con la vida que es la sexualidad […] La
castidad entendida en gran medida como control y
templanza aristotélica, parece más importante que la
utilización enriquecedora de ese potencial de encuentro y
gozo […]” (DOMÍNGUEZ MORANO, 1994, p.231-237).
En esta misma línea es muy clarificadora la “crítica de las
formulaciones de la moral clásica”, en el punto referido a la “ordenación de la
virtud de la castidad”, de Marciano Vidal, en la que se enumeran y explican los
peligros y deficiencias en que se puede incurrir al basar toda la moral sexual en
la aplicación de esta virtud (VIDAL, 1985, p. 595-598).
En el Núm. 2332. Vemos claramente que el documento sitúa la
sexualidad en las dimensiones claves de la persona; de allí, que cabe
preguntarse ¿cómo puede mantener una persona homoeróticamente inclinada
una relación estable si se le prohíbe desarrollar una dimensión de su sexualidad
como es la genitalidad? ¿en razón de que argumentos se puede renunciar a esa
posibilidad? Sin duda frente a esta cuestión son numerosos los argumentos que
se pueden esgrimir en favor de la castidad, todos ellos muy válidos, por cierto;
no obstante, todos aquellos que intentan justificar de ese modo la castidad
impuesta olvidan que esta es siempre una gracia de Dios y, que por tanto, no
puede ser impuesta como si fuese un castigo divino ante ciertos desvíos.
Todavía más, pese a los discursos espiritualizantes en favor de la castidad,
todos ellos esconden, aún sin decirlo, un profundo desprecio por las relaciones
de pareja que incluyen el coito sexual; reproduciendo con ello un viejo vicio del
cristianismo heredado del platonismo, cual es el dualismo religioso. Doctrina
que tanto daño ha hecho al cristianismo y que es responsable de la disociación
entre cuerpo y alma.
Dicho en otros términos, tanto la castidad como la relación de pareja
estable consumada son idénticamente valiosas cuando vividas como una
vocación de amor, pues, ambas dos conducen a la santidad. Considerado esto
así, cabe preguntarse entonces ¿por qué la atracción y el deseo sexual de las
personas homoeróticamente inclinadas puede ser considerado un pecado?
¿acaso ellas no hacen parte de la condición humana? En ese sentido no sería
más propio pensar que forzar a una persona vivir una castidad impuesta,
además de un pecado, es abiertamente inhumano.
Muchos en este punto esgrimen que las relaciones homoeróticas son
“contra la naturaleza”, de allí la imposición de la castidad; sin embargo,
siguiendo la misma línea argumental esencialista de la noción de naturaleza
¿no es más antinatural forzar a una persona a ser una cosa que no es? A la luz de
estas interrogantes no se puede obviar que el argumento de la Iglesia, así como
de otras muchas denominaciones religiosas en este punto, además endeble y
poco sustentable, es tremendamente sospechoso de homofobia.
En el Núm. 2333 se dice: “Corresponde a cada uno, hombre o mujer
reconocer y aceptar su identidad sexual […]”. Ahora bien es pertinente
preguntarse, ¿cuál es la identidad sexual de un homosexual? Si ella, como dice
el citado artículo, abarca la totalidad de la persona, debería considerar también
la historia de instalación del deseo. A nuestro entender una afirmación como la
propuesta, además de no distinguir entre identidad y orientación sexual, corre el
riesgo de un determinismo esencialista; que entre otros, por ejemplo, no toma
en consideración la complejidad que representa el caso de los transexuales.
La aceptación y reconciliación con la propia identidad es
una tarea que no en todos los casos se ve coronada con el
éxito. Los sentimientos de impotencia y de culpabilidad que
la gran mayoría experimentan al principio de su
constatación, se enquistan en sucesivas crisis de identidad.
En ellos, estos sentimientos dejan patente el fracaso de su
lucha. Además, estos sentimientos se acrecentarán con la
edad del homosexual y con el clima social que le toca vivir.
Si este clima es hostil, vivirá en él la orientación de su
homosexualidad en el silencio de la clandestinidad,
mientras que para dar rienda suelta a su necesidad de
desahogo, tratará de encontrar personas de su misma
condición en ambientes, a veces, un tanto sórdidos, que con
frecuencia están marcados por el anonimato, los contactos
esporádicos y fugaces y las relaciones promiscuas […].
El primer cuestionamiento que podemos hacer a estas
recomendaciones es ¿no es la propia religión con su castidad impuesta, con su
promoción de la hipocresía social (que incentiva que los homosexuales
escondan su orientación públicamente), el desprecio escasamente disimulado
en el seno de las comunidades religiosas y el discurso reiterativo que busca
crear en los homosexuales la idea de que no pasan de una aberración del orden
natural los responsables de la culpabilidad que éstos desarrollan al descubrirse
diferentes al patrón heteronormativo en sus deseos, afectos y sentimientos?
Todavía más, ¿no es acaso esa culpa inducida por la religión la que impulsa a
muchos homosexuales a buscar el placer silencioso y clandestino,
exponiéndolo, por cierto a contraer el VIH/Sida? ¿No son acaso las
descalificaciones de los proyectos de amor en pareja vivenciados por personas
del mismo sexo los que impiden que estas personas vislumbren la posibilidad
de construcción de proyectos de vida en común?
Ciertamente, son muchas las interrogantes que nos asaltan a este
respecto. No obstante, hay una evidencia que es indesmentible y es que
históricamente la religión es la gran responsable de los sentimientos de culpa
que desarrollan muchas personas homosexuales, al punto que no sólo castran
sus sexualidades, sino también sus afectos. De allí, que no sea impropio el
cuestionamiento a aquel supuesto que hace derivar el sentimiento de culpa de
la “promiscuidad” (término bastante cuestionable si se toma en consideración
las circunstancias en que irrumpe). Por el contrario, es la culpabilidad religiosa
que desarrollan muchas personas la que las induce a prácticas sexuales de
riesgo, creando a su vez más sentimientos de culpa al constatar de que son
impedidos socialmente de proyectarse más allá de los estrechos márgenes del
getto homosexual.
En este sentido, siguiendo los propios lineamientos de la doctrina
cristiana, lo verdaderamente humano y cristiano sería que las iglesias en lugar
de menospreciar los proyectos de amor en pareja de los homosexuales los
estimulasen, de la misma forma como lo hacen con las relaciones
heterosexuales; disminuyendo no sólo la exposición a enfermedades, sino
también estimulando la externalización del amor, la responsabilidad y el
cuidado del otro.
Otro aspecto no menos sorprendente e irritante del documento es el
pretender homologar la aceptación y reconciliación con la propia identidad con
la castidad impuesta y/o la represión sexual. Es decir, el “éxito” de una
sexualidad integrada y reconciliada con la propia identidad, en la óptica del
documento, en lo que toca a los homosexuales, necesariamente debe ser
aquella que castra toda posibilidad de desarrollo erótico – afectivo. Postular
esto resulta del todo no sólo aberrante, sino tremendamente deshumanizador,
por cuanto si la homosexualidad no es pecado, tampoco lo puede ser que una
persona con esa orientación pretenda, si así lo desea y no habiendo ningún
impedimento que vulnere la integridad física o psíquica de otra persona, aspirar
a desarrollarse como un ser total, tanto en sus dimensiones psíquicas,
emocionales y corporales.
En este sentido, el verdadero “éxito” de una sexualidad integrada y
reconciliada no es aquella sometida a ciertos manejos ideológico - religiosos,
sino aquella que permite que el sujeto se realice y cumpla de ese modo su
vocación humana. En el Núm. 2337 se sostiene: “la castidad significa la
integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad
interior del hombre en su ser corporal y espiritual […]”.
De acuerdo con lo expresado en esta aseveración no se acaba de
comprender como la integración puede consistir en una represión obligatoria,
no asumida por una decisión voluntaria y libre, por una causa superior como
sería la dedicación exclusiva a la propagación del reino de Dios. ¿No es acaso la
castidad una gracia especial de Dios llamada vocación por la tradición
cristiana? Todavía más, ¿todos los sujetos homoeróticamente inclinados
necesariamente deberían poseerla debido a su orientación? La respuesta
pareciera ser negativa, pues, al igual como ocurre con los heterosexuales, esa
vocación es un don de Dios que concede según su arbitrio. Entonces, ¿por qué
imponer algo que ni Dios mismo hace? Es más, pese a ser un don gratuito, Él
siempre espera el consentimiento humano. El Núm. 2338 agrega:
La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de
vida y de amor depositadas en ellas. Esta integridad asegura la
unidad de la persona: se opone a todo comportamiento que la
pueda lesionar. No tolera la doble vida, ni el doble lenguaje.
La primera duda que surge ante esta aseveración es ¿sólo los castos(as)
consiguen mantener su integridad? o dicho en otros términos, ¿la integridad es
sólo posible en la castidad? En el caso de los homosexuales ¿dónde están sus
fuerzas de vida y amor? Claramente, no están ni en el componente orgánico,
anatómico o biológico, ni en la capacidad de su voluntad para renunciar, por sí
sola, a su ejercicio; sino en su unidad e integridad personal. Por otra parte ¿no se
trata de mentira o doble lenguaje ocultar la propia orientación sexual, como se
recomienda en otra parte de este mismo documento?
En este sentido, la continencia obligatoria, no buscada, ¿no es un
comportamiento que puede lesionar la integridad personal que asegura la
unidad de fuerzas de vida y de amor de los homosexuales?
A la luz de las interrogantes anteriores, hemos de reconocer que la
cuestión está muy lejos de ser clara aún para los redactores del Nuevo
Catecismo; razón por la cual es inoportuno sacar consecuencias categóricas de
carácter definitivo y universal de argumentaciones tan cuestionables.
En el Num. 2357 luego de condenar la homosexualidad con los
argumentos de siempre, dice hablando de los actos homosexuales: “cierran el
acto sexual al don de la vida […]”. A este respecto cabe distinguir. Si por vida
hemos de entender exclusivamente la dimensión biológica, aquella que nos
hace más próximos de los animales, indudablemente, hemos de decir que sí.
No obstante, si por vida hemos de considerar también la vida personal,
espiritual, amorosa, de gratuidad, tan propia y característica de la condición
humana y consecuentemente aquella que nos asemeja a Dios, claramente,
hemos de decir que no.
Luego agrega: “no producen una verdadera complementariedad
afectiva […]. Lo primero que se nos viene a la mente es ¿cómo se puede
sentenciar tan categóricamente esto de forma universal? Sin duda, esta
afirmación es apriorística, por cuanto no sólo la complementariedad hace parte
de los deseos, afectos y sentimientos de la persona, sino porque, al igual como
ocurre con los heterosexuales, habrá personas en que esta premisa se cumple y
en otras no.
El Núm. 2358 constituye un caso extraordinariamente significativo.
En la edición de 1992, se subrayaba: “[…] un número apreciable de hombres
y mujeres, presentan tendencias homosexuales. No eligen su condición
homosexual […] No puede ejercerse contra ellos ninguna discriminación
injusta […]”. Si estamos entendiendo bien, de acuerdo a lo anterior, la
condición, “no elegida”, no puede ser culpable.
En 1997 se publicó una adenda que rectificaba algunos artículos (muy
pocos, por cierto), en concreto en relación al Núm. 2358 se corrigió lo
siguiente: “un gran número de hombres y mujeres, presentan tendencias
homosexuales profundamente radicadas […] esta inclinación,
profundamente desordenada […]”. En esta corrección ya no la reconoce como
condición constitutiva, por el contrario, ahora ya no son sólo desordenados los
actos, sino la misma inclinación homosexual, en todos los casos. Claramente,
no deja opción a ninguna excepción o matización (ni natural, ni histórica). Sin
embargo, como bien señala Julián Marías (1995): “nada humano se entiende
más que contando una historia”.
En el Núm. 2359 se da como solución a esta tendencia desordenada
el celibato obligatorio perpetuo, como única opción posible para las personas
homosexuales. Como ya hemos dicho reiteradamente a lo largo de esta
exposición, puede ser la opción ideal para algunas personas, pero siempre y
cuando se haga libre y voluntariamente. De hecho también lo es para muchos
heterosexuales, pero en este caso, la Iglesia sólo los invita a ellos como
respuesta a un llamado, a una vocación, pero no la impone como una
obligación a todos. “Se puede proponer sin imposiciones exteriores, a quien el
ejercicio de la sexualidad no le es indispensable para mantener la salud y el
equilibrio” (VICO, 1999, p. 486).
Una solución que se da sin mucha reflexión a los homosexuales es la
sublimación de sus tendencias y deseos, es decir, la substitución de su objeto
sexual por otro que “engañando” al impulso, encauza sus energías en otra
dirección distinta del sexo. Sin duda, esta proposición debería suscitar un
pronunciamiento de psicoanalistas y psiquiatras, pues, como bien apunta Juan
González Ruiz (2002), la sublimación no es un estado que se alcance
voluntariamente, sólo con poner voluntad y repitiendo una serie de ejercicios.
Probablemente, ella exige una serie de procesos más complejos, que ni las
personas con verdadera vocación religiosa celibataria lo consiguen,
desarrollando no pocas veces trastornos de personalidad causados
precisamente por la represión sexual.
Si la vocación religiosa se considera un verdadero don del Espíritu, si el
voto de castidad se puede realizar después de un largo y riguroso proceso de
formación, en el que el postulante decide libre, voluntaria y conscientemente
que es capaz de conseguirlo, no se entiende como se puede exigir ese mismo
esfuerzo, esas mismas cualidades y actitud, obligatoriamente, a personas que
no tienen esa vocación, que no han recibido ese don, o que no pretenden llegar
a ese estado de “perfección” cristiana. “Es una carga extraordinaria y durísima
de conseguir, que se añade a la ya de por sí difícil tarea de vivir, sólo a unas
determinadas personas con todas sus capacidades psicosomáticas,
emocionales, sentimentales o afectivas” (GONZÁLEZ, 2002, p. 168).
Incluso en personas con esa vocación, en sacerdotes con muchos años
de ejemplar ministerio, en religiosos consagrados habituados a practicar la
abstinencia durante mucho tiempo, se dan problemas angustiosos relativos a la
aceptación e integración de su sexualidad en el estado por ellos libremente
elegido. Unos terminan renunciando a él, otros reprimen inhumanamente sus
impulsos, sufriendo con ellos trastornos psicológicos o volviéndose individuos
desequilibrados. Se conoce cantidad de ministros de todos los niveles
eclesiásticos, perfectamente castos, perfectamente abstinentes, pero
intratables, llenos de orgullo por ese su “triunfo” sobre la “carne”, a los que les
falta compasión por los “débiles”; que están secos de afecto, de ternura y de
humildad; que son los más duros, los más exigentes, los que más atacan,
porque se consideran los más “puros”, reproduciendo con ello no sólo un
fariseísmo irritante, sino que pese a sus esfuerzos tampoco han alcanzado la
auténtica sublimación (GONZÁLEZ, 2002).
Si esto es así para personas que han escogido libre y voluntariamente
ese camino ¿cómo puede pedírse lo mismo a personas socialmente
estigmatizadas, que no cuentan con las redes de apoyo con que cuentan los
religiosos, pero lo que es más grave aún, que no tienen esa vocación? A este
respecto veamos lo que nos dice el moralista católico José Vico Peinado (1999):
Hay quien dice que 'el homosexual, igual que el heterosexual
es capaz de ejercer control sobre las expresiones de su
instinto sexual'. Esto es cierto, hablando en general. Sin
embargo, puede haber situaciones en que puede preverse
que la persona no será capaz de integrar de manera total su
homosexualidad, renunciando a sus expresiones sexuales. El
celibato no es siempre asumible, ni se puede exigir.
En ocasiones se ha sugerido que se ha de pedir a los
homosexuales que se hagan célibes. Si bien el celibato es una
tradición cristiana venerable, e incluso, como sugirió Pablo,
se podría pedir bajo determinadas circunstancias, es también
un carisma (don) y nunca se podrá exigir ese don a quienes no
se les haya dado. Pablo indicaba que se podía conocer la
presencia de ese don por la capacidad de la persona célibe de
hacer frente a los deseos sexuales no satisfechos, sin verse
dominada por ellos. Pablo pensaba que para quienes no
tenían ese don, la satisfacción de los deseos era totalmente
apropiada, siempre que se mantuviera en los límites de la
ética de la propiedad (¿?). Por consiguiente cualquier
insistencia, en el celibato como tal, para los homosexuales es
contraria al testimonio del Nuevo Testamento'.
Según esto, nos podemos hacer la siguiente pregunta ¿se le
puede proponer al homosexual como ideal no absoluto, sino
como ideal alcanzable, frente a cualquier forma de
promiscuidad homosexual, un progreso en la integración
personal con el compañero o la compañera, en la que la
sexualidad se ejerza, al menos en el ámbito de lo personal y
sea expresión de una unidad espiritual? Esta es la solución
ético pastoral que propone H. Spijker, y que, por, mí parte
acepto, sobre todo para aquellas personas que presentan
como dilema promiscuidad o relación homosexual
personalizada (VICO, 1999, p.122).
Sin duda, esta postura, además de realista, resulta más humana; aún
cuando el tema de lo que Vico Peinado denomina “la promiscuidad
homosexual”, a nuestro entender es un asunto más complejo que requiere un
análisis más detenido, no sólo en consideración a sus motivaciones sino
también a sus consecuencias, especialmente si se tiene en vista la prevención
del VIH/Sida; de allí, que la condena apresurada y la consecuente moralización
lejos de ayudar puede ser contraproducente. Sin contar que la “promiscuidad”
no es exclusiva de los homosexuales. En este sentido el desafío es como nuestra
sociedad y en particular nuestras comunidades religiosas favorecen la
integración de todas las dimensiones de la personalidad e incentivan la
construcción de proyectos de amor en pareja, mutuamente fieles.
En todo caso, más allá de las consideraciones puntuales una cosa si
parece clara, y es que la Iglesia no debería exigir en materia moral, mucho más
a unas personas que a otras.
Conclusiones
A modo de conclusión cabría señalar que la postura del magisterio de
la Iglesia, así como de la mayoría de las otras denominaciones cristianas, en
relación a los homosexuales, además, de claramente prejuiciosa (aún cuando
ello se niegue) tiende a reproducir los supuestos de la homosexualidad
medicalizada según los cuales los trazos distintivos de esta serían: la
enfermedad, el desvío o la perversión. Y si bien se recurre a los recursos
bíblicos y teológicos, ellos resultan del todo cuestionables o insuficientes
(inclusive a la luz de las actuales investigaciones en el área) a la hora de
fundamentar y justificar el régimen de exclusión que proponen; de allí, que en
Juan Cornejo Espejo 65
n. 02 | 2008 | p. 33-69
sus argumentos condenatorios siempre subyazca la idea a un cierto tipo de
ciencia vigente durante la primera mitad del siglo XX, que promovía la
patologización de la homosexualidad.
Lo que no deja de sorprender es que tanto el magisterio, como las otras
iglesias cristianas, se resistan a incorporar otros conocimientos, especialmente
del ámbito de las ciencias humanas y sociales, que cuestionan o relativizan el
viejo paradigma medicalizador. En otras palabras, pareciera que pese a todas
las evidencias en el campo de la investigación social, y aún de las disciplinas
que originalmente dieron vida durante el último tercio del siglo XIX al paradigma
medicalizador de la homosexualidad, y de la reflexión en el ámbito de los
derechos humanos se siga insistiendo en un régimen de condena y exclusión
religiosa. De alguna forma, pareciera que las distintas iglesias, además de
seguir reproduciendo la oposición binaria judía, tan fuertemente criticada por
Jesús, de puro e impuro, precisasen de “chivos expiatorios” donde ex - culpar
los pecados del pueblo; en este caso proyectar en los homosexuales todos los
vicios y flaquezas del género humano.
Sin embargo, la resistencia al diálogo y cuestionamiento
interdisciplinario pareciera no ser el aspecto más grave, sino las marcas que
deja en los homosexuales al sentirse excluidos de sus comunidades religiosas
de origen, el sentimiento de desprecio de Dios por lo que consideran un “pecado
abominable” y la negación de toda posibilidad de realización personal a través
de la castidad impuesta y/o pretensión de conversión a la heterosexualidad al
verse impedidos de proyectarse en una relación de pareja estable y consecuente
realización erótico - afectiva. Cuestiones que, sin duda, pueden incidir en la
baja autoestima de algunos sujetos, la homofobia internalizada, la
vulnerabilidad frente al VIH/Sida, entre otros aspectos
No menos importante por su carácter deshumanizador resulta la
promoción de la hipocresía social por medio de la “homonormatividad”; es
decir, la pretensión de que los homosexuales junto con no asumir su realidad
personal, expresada en sus sentimientos, emociones y deseos, se
autoimpongan un comportamiento social para guardar las apariencias y una
castidad forzada. Es decir, toda vez que el magisterio y las otras iglesias
cristianas hablan de integración de la personalidad, resulta un contrasentido a
la luz de lo anteriormente expuesto, pues, una persona alienada en su ser más
íntimo difícilmente podrá desarrollar todas las facetas de su personalidad.
En este sentido no menos preocupante es el endurecimiento y
radicalización de las posturas de la jerarquía católica en relación al tema,
perceptible en la última década, pese a los ingentes esfuerzos de numerosos
homosexuales cristianos, religiosos(as) y aún obispos de varios puntos del
planeta en pro de una aproximación, diálogo constructivo e integración. La
actitud de muchos jerarcas de la iglesia lejos de promover esos valores, con sus
amenazas y condenas, parecieran querer extirpar del seno de la cristiandad a
esta porción del pueblo creyente. Situación que no sólo inhibe cualquier
posibilidad de aproximación, sino que resulta una afrenta al verdadero espíritu
cristiano. Infelizmente esta postura no es exclusiva del catolicismo, en varias
otras denominaciones cristianas ella se manifiesta con mayor virulencia,
intransigencia y fanatismo.
Con todo no se debe olvidar, más allá de los anatemas lanzados en
contra de los homosexuales y sus defensores, que no son las iglesias en cuanto
instituciones humanas las que salvan, sino que es Jesucristo. Es más, desde
una óptica escatológica expresada en la idea del juicio final, no sólo deberemos
rendir cuentas ante Dios por nuestras acciones individuales, sino también
colectivamente. Dicho de otro modo, las iglesias también habrán de rendir
cuestas por su incomprensión y falta de caridad para con los homosexuales. De
allí, que no sea impropio ni abusivo rogar permanentemente al Dios de la vida
por su conversión; pues, como bien señala el apóstol Pablo no habrá un cielo y
una tierra nueva, sin hombres y mujeres nuevas.
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